Lola se tira en el sofá, agarra el mando y selecciona “Cine de Mujeres” en el videoclub. Tiene a mano un café y la prensa. Se arrebuja dispuesta a ver “La lección de tango” de Sally Potter. Sally, la protagonista de la película, no por casualidad se llama como la directora: es su alter ego. Una mujer de cincuenta años escribe el guión de la película que dirige y protagoniza. Lola siente el tirón de esas primeras imágenes en blanco y negro donde se la ve enzarzada en la escritura de un guión que le ha sido impuesto y con el que no se siente cómoda. Sally se debate entre la presión de la industria y la de su propio proceso creativo. Lola, que es guionista también y sufre las coacciones del oficio, reconoce su espíritu inquieto, su coraje al enfrentarse a Hollywood. Potter entiende el mundo desde la ambigüedad. Una ambigüedad consciente de que lo contrario de la igualdad no es la diferencia sino la desigualdad; de la imposibilidad de ver el género como una identidad que trasciende la clase social, la etnia, la situación transnacional. Porque Sally es diferente, pero ha superado la desigualdad. Pocas mujeres alcanzan ese logro. Aunque su película no fuera un éxito de taquilla y algunas teóricas del feminismo la criticaran, en un mundo de imágenes y mensajes mediáticos en que los roles son cada vez más confusos, la autora-protagonista de la película lanza un claro mensaje: las mujeres podemos proyectar imágenes de nosotras mismas fuera del lenguaje masoquista, pasivo y uniforme que nos imponen los medios. ¡Ni putas ni sumisas! –piensa Lola.
Mientras, Magda trabaja en la redacción de la revista digital “Ciudad de las Mujeres”. Anda buscando en su servidor de Internet imágenes del último desastre ecológico: una plataforma petrolífera ha estallado en el Golfo de México provocando un vertido de consecuencias impredecibles. Mira en la página de la Agencia Songtan, una red global de mujeres fotógrafas. No tarda en encontrar lo que buscaba. Se pone en contacto con media docena de ellas y espera. Esa misma tarde recibe las primeras imágenes vía mail. No son fotografías impactantes. Retratan lo más esencial, lo más cercano y a la vez dan cuenta de la magnitud del desastre. Se acuerda de su amiga Paca Salgado muerta en Colombia; de sus retratos de mujeres de narcos que protagonizaron un intento desesperado de frenar la violencia de sus compañeros y defender la vida de sus hijos. Violencia que acabó con la vida de Paca que cubría la noticia. En septiembre del 2006 cerca de 100 esposas de pandilleros y sicarios de la ciudad de Pereira, azuzadas por el Alcalde, emprendieron una “huelga de piernas cruzadas”, como presión sexual hacia sus parejas para que abandonaran la delincuencia. La noticia se extendió cual reguero de pólvora por todos los medios. Los comentarios que suscitaron aquellas mujeres fueron terriblemente machistas. Paca percibió la trampa y decidió acercarse a sus vidas, conocer los motivos de su dudosa posición, junto al Alcalde, de primera mano. Sospechaba de él, ¿ingenuidad o cinismo? Hoy, cuatro años después, su recuerdo está especialmente presente ya que Pereira es de nuevo noticia:
“Pereira (Colombia). 420.000 habitantes. Muchas niñas, adolescentes y mujeres viven de la prostitución. Ellas y sus familias. Esta historia cuenta cómo el precio de la carne, y de la vida, se convierte en un motor económico de la ciudad. Sólo unos ‘ángeles’ con rostro de ONG las pueden sacar del infierno”.
El reportaje muestra algunas imágenes tomadas por Paca hace cuatro años. Magda busca en el móvil el número de Lola y lo marca.
-¿Sí?
-¿Qué haces, Lola?
-Me pregunto si, a estas alturas, sería capaz de tomar una decisión que me comprometiera profundamente conmigo misma a sabiendas de que podría perderme por el camino, Magda.
-¿Y eso, Lola?
-Una película… que me ha hecho pensar, Magda.
-Yo pensaba en Paca. ¡Ya ves!
-Sí, yo también, en cierto modo… He visto la noticia en la tele a mediodía. Por eso, para sacarme la rabia del cuerpo he buscado una peli en el videoclub. Ya te cuento.
-Acabo en un par de horas, Lola. ¿Cenamos juntas?
-Bien. Te espero en “LA OLLETA”, Magda. Hoy andará Heide vendiendo libros y alguna caerá de “Mujeres de Negro”. Acaban de volver de un encuentro y traerán noticias frescas.
-¿Has leído la prensa?
-Aún no, Magda. No sé por qué la compro. Siempre lo mismo –dijo lanzando con rabia el periódico contra el televisor donde, zapeando, habían aparecido un montón de tíos en pantalón corto peleándose por un balón-. Somos invisibles. Apenas una anécdota en medio de la bazofia. Y, además, mal tratada. Como en la tele. No hay informativo, en que no casque mujer, ni anuncio en que no sea ya un tío como los demás, ni programa de entretenimiento en que no enseñe las tetas de plástico… No es que el papel de los tíos sea más digno, no. Como pregona la teoría de la plasticidad neuronal, ¡a cada cual su cerebro!
-Bueno, algo han cambiado las cosas. ¡Quién nos iba a decir a ti y a mí, Lola, que íbamos a ver en todos los medios a una ministra embarazada poniendo firme al ejército todo!
-Jajaaaajaajaaaaaa! Magda. Noticias así no se encuentran a menudo, no. ¡Anda que no disfruté aquél día! Pero, qué quieres, son la excepción que confirma la regla.
-Será la tuya, Lola, porque lo que es yo de eso ya no tengo noticias.
-Estamos de buen humor, ¡eh, guapa!
-Es que si perdemos el humor, Lola… No somos tan invisibles como dices y tú lo sabes. El movimiento es lento, pero constante y en profundidad. Además, tengo una cita esta noche.
-Esta noche me apetece bailar, mira tú, Magda. ¡Un tango! ¿No dicen que la vida es un tango y la muerte un pasodoble? Pues, ¡hoy, tango!
-Yo, te sigo. ¡Hoy tango!
nigella
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sábado, 1 de mayo de 2010
jueves, 25 de marzo de 2010
HUELGA DE PIERNAS CRUZADAS
-¿Te has enterao, Concha, de la locura esa que se ha apoderao de Pereira?
-Pues no, si no me lo cuentas tú, que se ve que todo tienes que saberlo…
-Saberlo, no. Que no quepo en mí de asombro y soy un océano de dudas.
-Ya te veo venir, Rosa. ¡Anda, no te andes con circunloquios! Di.
-¡Es la concha!
-¿De que concha me hablas? ¿Y, quién es ese Pereira?
-Del chirri, el chocho, la pepitilla, la figa, el potorro, el bujero, el bollo…
-¿Tú, qué has comido hoy?
-Comido, no. Mientras estaba comiendo, me he tragao la noticia.
-¿Qué noticia, Rosa? Que me empiezo a hartar.
-Que el alcalde de Pereira, en Colombia, ha propuesto a las esposas de un centenar de pandilleros una “huelga de piernas cruzadas”
-¿Una qué?
-¡Que no jodan, coño! Que se nieguen a “mantener relaciones íntimas con sus esposos durante una semana, con el fin de obligarlos a no delinquir y frenar así los índices de criminalidad”…
-¡Venga ya!
-Sí, que dicen ellas, que no quieren quedarse viudas y dejar huérfanos de padre a sus hijos.
-…
-¡Concha!
-Me he quedao muda.
-Pues yo me siento como si el coño estuviera hablando por mi boca, ¡con perdón!
Y la tía de la tele, como siempre, daba la noticia con esa sonrisa que no se quitan ni pa lavarse los dientes.
-No sé qué decir , Rosa. Me confundes
-¡Que yo te confundo! Métete en el Internet ese y entonces si que te vas a fundir
-Confundir.
-No, fundir. Se te van a fundir todos los cables de la razón si te pones a mirar por ahí: que, “están en la delincuencia no por necesidad económica, sino por un referente de poder y seducción sexual.” - “Jajaja! Son como monos, falta la teoría esa del macho alfa y la rematan.” -“Pues ya tienen dos problemas más: violaciones y mayor agresividad al negarles las relaciones sexuales.” -“Muy ingenuas veo yo a estas mujeres colombianas, para ser las mujeres de los pandilleros.” –“Un gran avance en los derechos de la mujer, ¡sólo convencemos negándonos a follar! Pero claro, unas individuas que están con esos energúmenos no se caracterizarán por su inteligencia y facilidad de palabra. ¡Señorrr!, ¡tener que escuchar cosas así!” –“Pues ahora que lo pienso bien, mi querido y sufrido marido también quiere parar la violencia de esa forma, haciendo la huelga sexual conmigo. ¡¡¡Qué jodido y que callado se lo traía!!!” –“No entiendo que las mujeres colombianas utilicen el “deseo sexual.” ¿Es que ellas no tienen deseo sexual? No sé por qué el sexo parece un premio que da la mujer al hombre. Se supone que es un intercambio.” –“Como si eso les importara, seguro que tienen por ahí un harén de putas. Los pandilleros son como animales” –Si llegáis a ir alguna vez a Colombia y observáis lo p… que son las tías allí, que van agarradas al marido y te miran como si quisieran violarte…” –“No podría ocultaros, que el quid de la cuestión es que no van a montárselo con sus respectivos cubos de basura, pero seguro que se buscan otro contenedor parecido…”
-¡Para, para! ¿Todo eso es verdad?
-¡Es la cruda realidad!
-Y, tú…
-Yo, no pienso nada. El coño habla por mí. ¡Ahora entiendo porqué llevo diez años cruzada de piernas!
-Pero…
-Nada. El caso es que algo hondo me ha tocao. Que también yo, de niña…
-¿Tú?
-Sí, a mis quince años, como muchas de ellas, le planté cara a mi padre y colgué la escopeta.
-¿Escopeta, tú? ¡Pero, tú! De verdad, que me va a dar un yuyu. ¿Qué hacías tú con una escopeta, niña?
-Contentar a mi padre. Ganarme su aprobación. ¡Cómo había nacido con esa falta entre las piernas! Y me gané su desprecio de por vida, que siempre que podía me recordaba que sólo había estao orgulloso de su hija cuando usaba el arma. Porque me hablaba en tercera persona, como si yo no estuviera allí ni en ninguna otra parte, supongo.
-Pero… ¿qué hacías con la escopeta?
-Tirar al pichón.
-…
-¡Como lo oyes! Llegué a ser subcampeona de España y me regalaron un reloj de oro grabado con mi nombre y la fecha para conmemorar la ocasión. Para que me dejara matar por el Tiempo, supongo. Por eso dejé de llevar reloj, que lo uno y lo otro se confunden y matan lo mismo aunque de distinta manera.
-Pero, ¿no eras tú la que de joven, bajo una máscara de garza, encabezabas una protesta contra la caza en un lago y se te veía en las páginas de la prensa negociando con el alcalde?
-La misma, más o menos. Y se acabó la caza en la laguna.
-…
-¿Estás ahí?
-No.
-…Por eso las entiendo y no las entiendo.
No las entiendo porque los matones, acorralados por la miseria, son violentos de una manera natural, por así decir, que en los humanos lo natural es cultural y no puede ser de otro modo, y yo de eso no sé nada porque tú y yo pertenecemos a unas clases híbridas e indecisas, esas que se llamaban burguesas, que sólo pueden llegar a hacerse violentas haciendo gran violencia de sus hábitos y costumbres, que cualquier día nos ponen en un museo de etnografía. Como uno que visitaba hace poco y vendían como cosa típica y producto cultural una casa de las nuestras, con su cocina tradicional, su dormitorio con camastro de madera, su comedor con sus sillas Tonet, todo en el interior de una cueva prehistórica.
Y, las entiendo porque en todas partes el Patriarcado cuece sus habas y de paso a sus mujeres. Pero al que no me creo es al alcalde de Pereira
-Y, ese ¿qué tiene que ver en todo esto?
-Pues que, al parecer, la iniciativa ha partido de él. Y ya sabes tú que yo, de los políticos siempre sospecho.
-Rosa, dame un respiro
-El respiro me lo tomo yo, Concha. ¡Si Lisístrata levantara la cabeza! Chau.
NIGELLA
-Pues no, si no me lo cuentas tú, que se ve que todo tienes que saberlo…
-Saberlo, no. Que no quepo en mí de asombro y soy un océano de dudas.
-Ya te veo venir, Rosa. ¡Anda, no te andes con circunloquios! Di.
-¡Es la concha!
-¿De que concha me hablas? ¿Y, quién es ese Pereira?
-Del chirri, el chocho, la pepitilla, la figa, el potorro, el bujero, el bollo…
-¿Tú, qué has comido hoy?
-Comido, no. Mientras estaba comiendo, me he tragao la noticia.
-¿Qué noticia, Rosa? Que me empiezo a hartar.
-Que el alcalde de Pereira, en Colombia, ha propuesto a las esposas de un centenar de pandilleros una “huelga de piernas cruzadas”
-¿Una qué?
-¡Que no jodan, coño! Que se nieguen a “mantener relaciones íntimas con sus esposos durante una semana, con el fin de obligarlos a no delinquir y frenar así los índices de criminalidad”…
-¡Venga ya!
-Sí, que dicen ellas, que no quieren quedarse viudas y dejar huérfanos de padre a sus hijos.
-…
-¡Concha!
-Me he quedao muda.
-Pues yo me siento como si el coño estuviera hablando por mi boca, ¡con perdón!
Y la tía de la tele, como siempre, daba la noticia con esa sonrisa que no se quitan ni pa lavarse los dientes.
-No sé qué decir , Rosa. Me confundes
-¡Que yo te confundo! Métete en el Internet ese y entonces si que te vas a fundir
-Confundir.
-No, fundir. Se te van a fundir todos los cables de la razón si te pones a mirar por ahí: que, “están en la delincuencia no por necesidad económica, sino por un referente de poder y seducción sexual.” - “Jajaja! Son como monos, falta la teoría esa del macho alfa y la rematan.” -“Pues ya tienen dos problemas más: violaciones y mayor agresividad al negarles las relaciones sexuales.” -“Muy ingenuas veo yo a estas mujeres colombianas, para ser las mujeres de los pandilleros.” –“Un gran avance en los derechos de la mujer, ¡sólo convencemos negándonos a follar! Pero claro, unas individuas que están con esos energúmenos no se caracterizarán por su inteligencia y facilidad de palabra. ¡Señorrr!, ¡tener que escuchar cosas así!” –“Pues ahora que lo pienso bien, mi querido y sufrido marido también quiere parar la violencia de esa forma, haciendo la huelga sexual conmigo. ¡¡¡Qué jodido y que callado se lo traía!!!” –“No entiendo que las mujeres colombianas utilicen el “deseo sexual.” ¿Es que ellas no tienen deseo sexual? No sé por qué el sexo parece un premio que da la mujer al hombre. Se supone que es un intercambio.” –“Como si eso les importara, seguro que tienen por ahí un harén de putas. Los pandilleros son como animales” –Si llegáis a ir alguna vez a Colombia y observáis lo p… que son las tías allí, que van agarradas al marido y te miran como si quisieran violarte…” –“No podría ocultaros, que el quid de la cuestión es que no van a montárselo con sus respectivos cubos de basura, pero seguro que se buscan otro contenedor parecido…”
-¡Para, para! ¿Todo eso es verdad?
-¡Es la cruda realidad!
-Y, tú…
-Yo, no pienso nada. El coño habla por mí. ¡Ahora entiendo porqué llevo diez años cruzada de piernas!
-Pero…
-Nada. El caso es que algo hondo me ha tocao. Que también yo, de niña…
-¿Tú?
-Sí, a mis quince años, como muchas de ellas, le planté cara a mi padre y colgué la escopeta.
-¿Escopeta, tú? ¡Pero, tú! De verdad, que me va a dar un yuyu. ¿Qué hacías tú con una escopeta, niña?
-Contentar a mi padre. Ganarme su aprobación. ¡Cómo había nacido con esa falta entre las piernas! Y me gané su desprecio de por vida, que siempre que podía me recordaba que sólo había estao orgulloso de su hija cuando usaba el arma. Porque me hablaba en tercera persona, como si yo no estuviera allí ni en ninguna otra parte, supongo.
-Pero… ¿qué hacías con la escopeta?
-Tirar al pichón.
-…
-¡Como lo oyes! Llegué a ser subcampeona de España y me regalaron un reloj de oro grabado con mi nombre y la fecha para conmemorar la ocasión. Para que me dejara matar por el Tiempo, supongo. Por eso dejé de llevar reloj, que lo uno y lo otro se confunden y matan lo mismo aunque de distinta manera.
-Pero, ¿no eras tú la que de joven, bajo una máscara de garza, encabezabas una protesta contra la caza en un lago y se te veía en las páginas de la prensa negociando con el alcalde?
-La misma, más o menos. Y se acabó la caza en la laguna.
-…
-¿Estás ahí?
-No.
-…Por eso las entiendo y no las entiendo.
No las entiendo porque los matones, acorralados por la miseria, son violentos de una manera natural, por así decir, que en los humanos lo natural es cultural y no puede ser de otro modo, y yo de eso no sé nada porque tú y yo pertenecemos a unas clases híbridas e indecisas, esas que se llamaban burguesas, que sólo pueden llegar a hacerse violentas haciendo gran violencia de sus hábitos y costumbres, que cualquier día nos ponen en un museo de etnografía. Como uno que visitaba hace poco y vendían como cosa típica y producto cultural una casa de las nuestras, con su cocina tradicional, su dormitorio con camastro de madera, su comedor con sus sillas Tonet, todo en el interior de una cueva prehistórica.
Y, las entiendo porque en todas partes el Patriarcado cuece sus habas y de paso a sus mujeres. Pero al que no me creo es al alcalde de Pereira
-Y, ese ¿qué tiene que ver en todo esto?
-Pues que, al parecer, la iniciativa ha partido de él. Y ya sabes tú que yo, de los políticos siempre sospecho.
-Rosa, dame un respiro
-El respiro me lo tomo yo, Concha. ¡Si Lisístrata levantara la cabeza! Chau.
NIGELLA
miércoles, 17 de marzo de 2010
LA CENIA
NIGELLA.
El nombre de la casa de comidas tanto como el callejón en cuyo cantón se encontraba abrían un resquicio en mi espíritu sarcástico:
“La Cenia”, C/ Peso de la Harina nº 4.
Había adquirido la costumbre de acudir regularmente, a mediodía, para hacer más soportable mi sentimiento de abandono a la hora de comer.
Hijo único, apegado morbosamente a mi madre, me estremecía al pensar en el helado comedor que habíamos compartido antes de que ella me abandonara
Por fortuna, una antigua compañera de trabajo, desengañada del boicot permanente por parte de la administración al colectivo del Centro en el que trabajábamos, había decidido coger la puerta y largarse. Tras un periodo de pérdida transitoria se acomodó en aquél cantón vecino a mi casa.
Se llamaba “La Cenia” porque había albergado un sencillo artefacto para elevar el agua, una pequeña noria. Un aliviacargas emocional, solía decir Lupe que imaginaba la noria elevando emociones sumergidas para luego verterlas de nuevo a la corriente del río de la vida una vez aireadas. Apenas una decena de mesas, con sus sillas de madera y enea, se repartían apretadas en el colorista local pintado en morado y verde cuyas paredes albergaban cuadros expuestos a la venta por gente aficionada a pintar para resistir, sobreponerse, aguantar, perseverar, tolerar el dolor y la angustia. Una forma de confiar en la vida.
Dos mujeres en la cocina: Lupe, su excompañera de trabajo y Amalia, una antigua colega de estudios de ésta última. Las dos únicas licenciadas en Filosofía de aquella hornada que no habían acabado de funcionarias en un centro de enseñanza.
Escrita en un pizarrón una carta filosófica, pues, apoyada sobre un caballete de madera de los que usaban los pintores antes de que se impusieran las nuevas tecnologías. ¡Imaginación al poder! Al menos en el menú:
PRIMEROS
Calabacines rellenos de gravedad para equilibristas ebrios.
Macarrones invisibles bajo un manto de serenidad.
Cocido para aliviar la añoranza en días de lluvia.
SEGUNDOS
Pechugas al litio.
Sardinas desnudas como niños recién nacidos.
Medallones de ternera rellenos de viento cálido del desierto.
POSTRE
Mandarinas de la china.
Crema de Amor Maldito.
Entré en la cocina y me pasaron una pava a la que apenas le restaban dos caladas. El comedor estaba vacío, así que, las dos mujeres cada una con un vaso de tinto con gaseosa en la mano charlaban animadamente.
Amalia comentaba que la gente comía al ritmo que ella marcaba según la música que elegía. Se dedicaba a estudiar como influía la atmósfera sonora en el comportamiento de los comensales. Es más, disfrutaba tratando de adivinar sus acciones-reacciones. Ella misma, encargada de servir las mesas, se veía envuelta en el experimento. Ya se sabe: el observador modifica el objeto de observación y es modificado por él. A veces se sentía perdida en su papel, pero lograba sobreponerse al miedo paseando por la cuerda floja de las losetas del comedor en busca del equilibrio que le permitiera mantener el tipo, al menos hasta llegar a la cocina.
Alguna vez Lupe salía de su escondrijo para auxiliarla, pero muy ocasionalmente. Permanecía en la cocina porque sentía pánico escénico. Se ocupaba de la intendencia y la economía, asuntos que sobrepasaban a Amalia. Ella no habría sido capaz de lanzarse a la aventura de buscar local, legalizar turbiamente el negocio, tratar con los proveedores… como Lupe. Sin embargo, Amalia pintaba cada día platos nuevos y salía al comedor dispuesta a sublimar su reprimido deseo teatral.
Apagué el canuto quemándome las yemas de los dedos sin interrumpir la conversación y me senté bajo el ventanuco de la izquierda. Leí la carta y me decidí por el cocido, las sardinas y la Crema de Amor Maldito.
¿Quién decide qué es la locura? ¿Quién no está loco? Los que resisten y encuentran su hueco, un lugar al que pertenecen, un nido, un sueño inestable. Los que no se dejan atrapar por las etiquetas de la institución. Sí, estar vivo duele. Cuanto más vivo, más dolor. Algunos no lo soportan, se dejan vencer y acuden a pedir ayuda. Pero El Centro sólo actúa como una prisión encubierta; encorseta, estriñe, adormece… y no sabemos cómo afrontar el sufrimiento: terapias, mediación familiar, discursos sociales e institucionales para matar su particular y legítimo punto de vista sobre la “realidad”, en una palabra, acomodación. Y, sin embargo, no se puede dejar en el abandono a los que piden calmar su sufrimiento, pensé.
Amalia apareció montada sobre unos botines de tacón de aguja de diez centímetros, unas mayas agujereadas y un blusón de la India para tomar nota. Los botines se los había regalado su familia para asistir a una boda. Esperaban que tuviera un aspecto de “normalidad”. Aquél día contuvo su ira y, sin saber cómo, les dio la vuelta a los botines y encontró el lado cómico de balancearse torpemente a esa altura de vértigo al tiempo que servía las mesas cargada de platos repartidos entre manos y antebrazos. Sólo de tanto en tanto, porque los pies quedaban oprimidos en las estrechas puntas montándose unos dedos sobre otros hasta sentir auténtico dolor. ¡Dios, que locura andar así por la vida! ¿Por qué? Con lo cómodos que son los zapatos planos, la libertad de movimiento que proporcionan y ¡los hay tan divertidos! -decía Amalia. Para ella usarlos era una performance, una manera de reconocerse y concederse la libertad de sus condicionamientos familiares.
Comienza a moverse con gracia montada en los estúpidos zancos de terciopelo negro –me dije a mi mismo con una cierta sorna.
El comedor seguía vacío. Amalia se había decidido por la “Penguin Cafe Orchestra”, se acerco a mi mesa y tomó nota dejando un tinto y un platillo con aceitunas sobre el mantel.
Entró una pareja. Se sentaron dos mesas más allá. Uno de ellos escondía los labios entre el bigote y la barba. El otro llevaba un pendiente y la cabeza rapada. Inmediatamente llegó un grupo bullicioso. Juntaron tres mesas en el rincón con la aquiescencia de Amalia y antes de que hubieran acabado, entraron dos nuevas parejas que eligieron mesas separadas. En un instante la casa se llenó…
Salirse de la “realidad”, vivir en un mundo que es medio ajeno a la realidad. Vivir en los pliegues. Ni dentro ni fuera. ¿Quién está enfermo? ¿El Sistema o tú?
…La casa se llenó de voces, gestos, colores, olores como la música de la “Orquesta del Café de los Pingüinos”: paraguas de colores, un coche de bebé rojo y desnudo como las sardinas del menú, aros de humo escapando de los medallones de ternera al modo de los que forman los buenos fumadores de puros, dos chinas disfrutando de las mandarinas de su país…
Mientras, Amalia empezaba a trastabillar no se sabe si por efecto de la gravedad, del canuto, del vino con gaseosa o del gentío y Lupe permanecía oculta en su caparazón de la cocina.
Sentí el cálido viento del desierto proveniente de los medallones del vecino. Amalia me sirvió la Crema de Amor Maldito. Le hice un comentario sarcástico sobre sus andares al que ella contestó dándome el culo. Me vine abajo y me permití jugar con la idea de dimitir y unirme a aquella gente antes de que me llegara el nuevo nombramiento de Director y me viera irremediablemente atrapado por la cordura de la administración en el Centro de Salud Mental.
El nombre de la casa de comidas tanto como el callejón en cuyo cantón se encontraba abrían un resquicio en mi espíritu sarcástico:
“La Cenia”, C/ Peso de la Harina nº 4.
Había adquirido la costumbre de acudir regularmente, a mediodía, para hacer más soportable mi sentimiento de abandono a la hora de comer.
Hijo único, apegado morbosamente a mi madre, me estremecía al pensar en el helado comedor que habíamos compartido antes de que ella me abandonara
Por fortuna, una antigua compañera de trabajo, desengañada del boicot permanente por parte de la administración al colectivo del Centro en el que trabajábamos, había decidido coger la puerta y largarse. Tras un periodo de pérdida transitoria se acomodó en aquél cantón vecino a mi casa.
Se llamaba “La Cenia” porque había albergado un sencillo artefacto para elevar el agua, una pequeña noria. Un aliviacargas emocional, solía decir Lupe que imaginaba la noria elevando emociones sumergidas para luego verterlas de nuevo a la corriente del río de la vida una vez aireadas. Apenas una decena de mesas, con sus sillas de madera y enea, se repartían apretadas en el colorista local pintado en morado y verde cuyas paredes albergaban cuadros expuestos a la venta por gente aficionada a pintar para resistir, sobreponerse, aguantar, perseverar, tolerar el dolor y la angustia. Una forma de confiar en la vida.
Dos mujeres en la cocina: Lupe, su excompañera de trabajo y Amalia, una antigua colega de estudios de ésta última. Las dos únicas licenciadas en Filosofía de aquella hornada que no habían acabado de funcionarias en un centro de enseñanza.
Escrita en un pizarrón una carta filosófica, pues, apoyada sobre un caballete de madera de los que usaban los pintores antes de que se impusieran las nuevas tecnologías. ¡Imaginación al poder! Al menos en el menú:
PRIMEROS
Calabacines rellenos de gravedad para equilibristas ebrios.
Macarrones invisibles bajo un manto de serenidad.
Cocido para aliviar la añoranza en días de lluvia.
SEGUNDOS
Pechugas al litio.
Sardinas desnudas como niños recién nacidos.
Medallones de ternera rellenos de viento cálido del desierto.
POSTRE
Mandarinas de la china.
Crema de Amor Maldito.
Entré en la cocina y me pasaron una pava a la que apenas le restaban dos caladas. El comedor estaba vacío, así que, las dos mujeres cada una con un vaso de tinto con gaseosa en la mano charlaban animadamente.
Amalia comentaba que la gente comía al ritmo que ella marcaba según la música que elegía. Se dedicaba a estudiar como influía la atmósfera sonora en el comportamiento de los comensales. Es más, disfrutaba tratando de adivinar sus acciones-reacciones. Ella misma, encargada de servir las mesas, se veía envuelta en el experimento. Ya se sabe: el observador modifica el objeto de observación y es modificado por él. A veces se sentía perdida en su papel, pero lograba sobreponerse al miedo paseando por la cuerda floja de las losetas del comedor en busca del equilibrio que le permitiera mantener el tipo, al menos hasta llegar a la cocina.
Alguna vez Lupe salía de su escondrijo para auxiliarla, pero muy ocasionalmente. Permanecía en la cocina porque sentía pánico escénico. Se ocupaba de la intendencia y la economía, asuntos que sobrepasaban a Amalia. Ella no habría sido capaz de lanzarse a la aventura de buscar local, legalizar turbiamente el negocio, tratar con los proveedores… como Lupe. Sin embargo, Amalia pintaba cada día platos nuevos y salía al comedor dispuesta a sublimar su reprimido deseo teatral.
Apagué el canuto quemándome las yemas de los dedos sin interrumpir la conversación y me senté bajo el ventanuco de la izquierda. Leí la carta y me decidí por el cocido, las sardinas y la Crema de Amor Maldito.
¿Quién decide qué es la locura? ¿Quién no está loco? Los que resisten y encuentran su hueco, un lugar al que pertenecen, un nido, un sueño inestable. Los que no se dejan atrapar por las etiquetas de la institución. Sí, estar vivo duele. Cuanto más vivo, más dolor. Algunos no lo soportan, se dejan vencer y acuden a pedir ayuda. Pero El Centro sólo actúa como una prisión encubierta; encorseta, estriñe, adormece… y no sabemos cómo afrontar el sufrimiento: terapias, mediación familiar, discursos sociales e institucionales para matar su particular y legítimo punto de vista sobre la “realidad”, en una palabra, acomodación. Y, sin embargo, no se puede dejar en el abandono a los que piden calmar su sufrimiento, pensé.
Amalia apareció montada sobre unos botines de tacón de aguja de diez centímetros, unas mayas agujereadas y un blusón de la India para tomar nota. Los botines se los había regalado su familia para asistir a una boda. Esperaban que tuviera un aspecto de “normalidad”. Aquél día contuvo su ira y, sin saber cómo, les dio la vuelta a los botines y encontró el lado cómico de balancearse torpemente a esa altura de vértigo al tiempo que servía las mesas cargada de platos repartidos entre manos y antebrazos. Sólo de tanto en tanto, porque los pies quedaban oprimidos en las estrechas puntas montándose unos dedos sobre otros hasta sentir auténtico dolor. ¡Dios, que locura andar así por la vida! ¿Por qué? Con lo cómodos que son los zapatos planos, la libertad de movimiento que proporcionan y ¡los hay tan divertidos! -decía Amalia. Para ella usarlos era una performance, una manera de reconocerse y concederse la libertad de sus condicionamientos familiares.
Comienza a moverse con gracia montada en los estúpidos zancos de terciopelo negro –me dije a mi mismo con una cierta sorna.
El comedor seguía vacío. Amalia se había decidido por la “Penguin Cafe Orchestra”, se acerco a mi mesa y tomó nota dejando un tinto y un platillo con aceitunas sobre el mantel.
Entró una pareja. Se sentaron dos mesas más allá. Uno de ellos escondía los labios entre el bigote y la barba. El otro llevaba un pendiente y la cabeza rapada. Inmediatamente llegó un grupo bullicioso. Juntaron tres mesas en el rincón con la aquiescencia de Amalia y antes de que hubieran acabado, entraron dos nuevas parejas que eligieron mesas separadas. En un instante la casa se llenó…
Salirse de la “realidad”, vivir en un mundo que es medio ajeno a la realidad. Vivir en los pliegues. Ni dentro ni fuera. ¿Quién está enfermo? ¿El Sistema o tú?
…La casa se llenó de voces, gestos, colores, olores como la música de la “Orquesta del Café de los Pingüinos”: paraguas de colores, un coche de bebé rojo y desnudo como las sardinas del menú, aros de humo escapando de los medallones de ternera al modo de los que forman los buenos fumadores de puros, dos chinas disfrutando de las mandarinas de su país…
Mientras, Amalia empezaba a trastabillar no se sabe si por efecto de la gravedad, del canuto, del vino con gaseosa o del gentío y Lupe permanecía oculta en su caparazón de la cocina.
Sentí el cálido viento del desierto proveniente de los medallones del vecino. Amalia me sirvió la Crema de Amor Maldito. Le hice un comentario sarcástico sobre sus andares al que ella contestó dándome el culo. Me vine abajo y me permití jugar con la idea de dimitir y unirme a aquella gente antes de que me llegara el nuevo nombramiento de Director y me viera irremediablemente atrapado por la cordura de la administración en el Centro de Salud Mental.
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