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viernes, 11 de marzo de 2011

UN BESO BAJO EL OMBÚ




Sucedió de pronto, sin esperármelo. Nos veíamos todos los días en el trabajo. Conversábamos a menudo a la hora del café. Me caía bien ese chico nuevo, Pablo se llamaba. Tenía los ojos de caramelo y una sonrisa de uvas maduras que decía “cómeme”. Yo era una chica tímida, reservada. El tiempo libre lo pasaba en casa devorando libros o dando paseos por la ciudad cuando el tiempo era bueno. Llevaba siempre un cuaderno encima para escribir todo lo que me venía a la cabeza, era mi forma de no estar sola frente al mundo.
Aquel día fui al Jardín Botánico, me senté en un banco y comencé a escribir su nombre: Pablo, Pablo, Pablo… Lo repetí tres veces sin saber por qué y me quedé mirando el viejo ombú que me daba sombra.
-Hola, ¡qué sorpresa! –dijo una voz familiar a mi espalda. Me volví sobresaltada y allí estaba él, sonriente, con ropa informal y un libro en la mano.
-Hola -me levanté algo nerviosa y avancé mi cara para besar sus mejillas.
Él hizo lo mismo pero hubo una descoordinación en los movimientos y nuestros labios se rozaron levemente. Nos quedamos callados y sorprendidos, nos miramos a los ojos tímidamente. Después no sé qué pasó. Nos abalanzamos con fuerza y nuestros labios se acariciaron suavemente primero; con furia después, hasta quedar exhaustos.
Han pasado los días, las semanas y los años, cincuenta desde aquel primer beso. Hoy el ombú sigue regalándonos su sombra y protegiendo nuestras heladas copas de cava de la mirada de los extraños…

martes, 8 de marzo de 2011


DESPERTAR


Lucila se despertó con el amanecer aquella mañana del mes de abril. Cuando abrió el ventanal de su apartamento y salió a la terraza que daba al mar, percibió un extraño fenómeno, al menos era algo completamente nuevo para ella: los primeros rojos del día parecían volver de un encuentro apasionado con los naranjos en flor de los huertos cercanos; un intenso olor a azahar la envolvió. Cuando el sol fue surgiendo del horizonte del agua, parecía una enorme naranja, una fruta prohibida que cegaba al que osaba poner sus ojos en ella. Se sintió alentada con esas intensas sensaciones. Sin embargo, una idea fija rondaba su cabeza desde que se había despertado, un buen rato antes de levantarse de la cama. Se fue al cuarto de baño, cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y, sin dudarlo un instante, sesgó de dos certeros y firmes tajos sus venas eróticas. La muerte de sus fantasías sobrevino con rapidez y Lucila decidió no llevar luto por ellas. Horas más tarde entregó su cuerpo al sol y a la brisa sin reparos...

martes, 11 de enero de 2011

SUEÑO, LUEGO VIVO

Sueño, luego vivo,
tu sonrisa confiada
apoyada en mi hombro maternal.

Escucho tu parloteo incesante
hablándome de esto y de lo otro...
Sin pausa...

Por la noche
te leo un comic de Tintín
hasta que el sueño te transporta a otro lugar.


Llega el día de tu debut en el cine,
acudimos, solemnes, al estreno de ET,
tu vocecilla de niño
resuena en la sala en la primera escena:
-¡Mira, mamá, una casita en Canadá!
Risa general.

Después te comportas como un caballero,
muy atento a la pantalla
hasta que tu voz suena de nuevo:
-Mamá ¿cuándo sale Popeye?
Otra vez las risas de la gente,
se lo toman bien,
no nos echan del cine.

Una fiebre infantil
nos recluye en casa,
llevamos batas de cuadros y zapatillas,
la estufa de leña caldea la buhardilla,
jugamos a las cartas,
mientras una cacerola
recoge las gotas de lluvia
que se filtran por el tejado,
plas, plas, plas...

Otro día vamos muy serios
al Teatro Principal,
Tricicle nos entusiasma,
cuando salimos me dices:
-A mí me gustan las mujeres y la fanta.

Sueño, luego vivo,
que estamos juntos,
que seguimos hablando, hablando, hablando...
y que puedo estrecharte fuertemente
entre mis brazos.

LA VIEJA FOTOGRAFÍA

Rebuscando entre las viejas fotografías de su madre muerta, de pronto, la vio. Era pequeña y estaba algo rota y amarillenta. Le llamó la atención porque nunca la había visto hasta ese momento. Estaba escondida en un sobre en el último rincón de una caja de latón. Estuvo observándola largo rato, preguntándose quién sería aquel apuesto joven que aparecía, en la imagen, rodeando la cintura de su madre. Se guardó la foto en el bolsillo, cerró la caja y, ayudándose de una silla, la subió al último estante del armario.
Aquella noche María no podía conciliar el sueño. Cuando, al fin, quedó vencida por el cansancio, su cabeza se llenó de extraños personajes que le hablaban. Entre ellos, aparecía, una y otra vez, el rostro de su madre, su sonrisa, su ternura...
Cuando despertó, una idea fija burbujeaba en su cerebro: tenía que averiguar quién era aquel hombre. Era el único desconocido de la gran caja de fotografías que su madre le había mostrado tantas veces, mientras le contaba multitud de historias, al hilo de los recuerdos que su visión le evocaban.
Estuvo indagando, foto en mano, entre sus familiares. La tía Marta le dijo que nunca había visto aquella foto y cambió rápidamente de conversación. Y lo mismo sucedió con todos los parientes y amigos que quedaban vivos de aquellos tiempos. Nadie sabía nada.
Colocó la fotografía en el espejo de su tocador y la miraba frecuentemente. El rostro de aquel hombre la estaba obsesionando. Había en sus facciones algo extraño y, a la vez, algo que le resultaba vivamente familiar. Pensaba mucho en él, empezó a sentir un constante cosquilleo en su estómago y una presión en el pecho, como si le faltara el aire. Le costaba mucho dormirse y sus sueños se poblaban de seres y sucesos misteriosos e incongruentes.
Ella había crecido entre mujeres, en la casa de su abuela, con su madre y sus tres tías, todas solteras. No recordaba la presencia de ningún hombre en el hogar familiar. Su abuelo cerró los ojos fusilado contra un paredón allá por el 38, cuando ella aún no había nacido. Recordaba los ojos llorosos de su abuela cuando le mostraba sus fotos y le hablaba de lo bueno que había sido y de cuanto la quería. “Sólo tenía un defecto –solía decirle- le apasionaban los libros, se pasaba todo el tiempo que podía leyéndolos. Cuando empezó la guerra se pasaba horas hablando y discutiendo con los obreros en la casa del pueblo, eso le perdió...”

Cómo había venido ella al mundo, era un misterio por el que nunca se había preguntado. Su infancia había sido feliz, a pesar de la austeridad en la que vivían, siempre había estado rodeada de cariño y de compañía. Cuando empezó a ir al colegio, se dio cuenta de que casi todas las niñas tenían un padre, pero no le dio importancia, a ella no le faltaba nada.
Después de varios días de angustia, decidió ir a hablar con el cura del pueblo, quizá él pudiera decirle algo que la sacara de aquella zozobra. Había empezado a pensar que, a lo mejor, aquel hombre era su padre pero no podía entender el silencio de sus familiares.
Entró en la iglesia un sábado después de la misa de doce. Fue directa a la sacristía donde el padre Anselmo estaba terminando de poner orden en el lugar.
-Buenos días, padre, ¿podría hablar con usted un momento?
-Pues claro, hija, no faltaba más, cuánto de bueno por aquí, hace tiempo que no te veía.
-Verá padre, necesito hablar con alguien, hay algo que me tiene preocupada, quizá usted pueda ayudarme.
-Si está en mi mano, cuenta con ello, hija, pero ven, siéntate aquí –dijo mientras le señalaba un banco al fondo de la pequeña estancia-. Dime, ¿cuál es la causa de tus pesares?
Sacó de su bolsillo el sobre con la fotografía y se la mostró observando fijamente su rostro. El padre Anselmo palideció levemente y permaneció callado mirándola. A María le pareció ver en sus ojos una sombra de tristeza.
-Dígame, padre, ¿quién es?, ¿lo conoce? Dígame algo, por favor, creo que todo el mundo finge no saber nada.
-Verás, hija, es una historia pasada que es mejor que ignores. Serás más feliz sin ella.
-Pero no puedo hacerlo, padre, hace días que me corroe el alma, tiene que ayudarme.
El padre Anselmo se quedó dudando. Maldijo la ocurrencia de la madre que había conservado en aquel pedazo de papel el tenebroso recuerdo. Empezó a hablar despacio, en voz muy baja y entrecortada:
-Ella no lo sabía, tu madre se enamoró de él sin saberlo. Ya sabes..., estas cosas..., antes..., se llevaban a escondidas. Cuando se enteró ya era tarde... No se supo quién acabó con la vida de él. La gente murmuraba..., llegaron a interrogar a tu abuela, pero nunca se supo la verdad... Tu madre no sabía que los dedos de aquel hombre fueron los que apretaron el gatillo que había acabado, años atrás, con la vida de tu abuelo...

martes, 5 de octubre de 2010

AUTORRETRATO

Dice mi espejo (aunque va a días) que soy una hermosa mujer de 58 años. Se comenta que a estas edades nos volvemos transparentes, pero no es verdad, yo tengo mucha presencia: 1,70 de altura y 70 kilos y todavía hago volver la cabeza a muchos sesentones a mi garboso paso. Mi cabello es oscuro (uso un tinte buenísimo que ya os recomendaré si llega el caso) aunque mi vocación es una melena blanca y cuidada adornando un rostro sin huella alguna de cirugía, pero relajado y afable. La realidad, sin embargo, es a veces una cara desencajada y frenética por el estrés laboral. Así es como yo me veo.
En mi carácter predomina el optimismo, creo, soy una persona alegre, aunque tengo caídas puntuales de las que procuro salir lo más rápido que puedo. En este sentido me quedo con la conclusión que saqué de la última película de Woddy Allen: “Mejor la ilusión que la medicación”.
En cuanto a mis gustos voy a sorprenderos: mi afición favorita es la lectura. Leo todo tipo de escritos, poesía, relatos, filosofía, ensayos, periódicos, revistas, blogs, pero los que más me gustan son las novelas y los que menos las instrucciones de los aparatos electrónicos.
A menudo me convierto en “El licenciado vidriera”, este personaje cervantino cogió tal complejo que dio en pensar que todo él era de cristal de manera que cualquier golpe podría hacerlo añicos. Así ando yo por la vida, distraída por naturaleza y con muchas caídas en mi curriculum, he llegado a sentir, obsesionada por los diagnósticos, que mis frágiles huesos pueden romperse en cualquier momento. Así que vivo entre algodones, cuido mi cuerpo, hago pilates terapéutico, intento perder los cinco kilos que me sobran, y me abrazo al cálido cuerpo de mi amado que me hace sentir muy segura.
Vivo junto a mis sueños y procuro rodearme de ilusiones que convierten mis horas en aves ligeras. Me siento feliz a mi manera. El dolor también vive conmigo, el del cuerpo y el del espíritu pero está controlado y no le dejo, casi nunca, que se entrometa en mi actual vida por la que tanto he luchado.
Tengo un tesoro: mi hijo, que ya es independiente (casi) y anda haciendo las Américas, en busca del oro de vivir una intensa vida llena de experiencias.
Es todo por el momento, seguiremos conociéndonos a través de nuestros escritos que hablan de nosotros a veces incluso más de lo que quisiéramos.

jueves, 16 de septiembre de 2010

¿Por qué escribes o quieres ser escritor?

¿Por qué respiras y quieres seguir respirando? Nunca me he formulado esta pregunta ni tampoco la que encabeza este texto. Me encontré un buen día, hace de esto ya mucho tiempo (a mitad del siglo pasado), existiendo y mi vida, supongo, era normal, tenía una familia, una casa, comíamos, dormíamos, los niños íbamos al colegio, mi padre era comerciante y mi madre se ocupaba de las labores del hogar y de nosotros, sus tres hijos. Salíamos los fines de semana (a tomar gambas a la plancha de aperitivo los domingos después de misa, de eso me acuerdo muy bien). Recuerdo muchas otras cosas que no vienen al caso y recuerdo también que desde siempre había un sueño que estaba conmigo, desde que leí los primeros libros, ese sueño era escribir, ser escritora, tener un aspecto serio y distinguido y hablar con fluidez de los asuntos más profundos de la vida. Pero ese sueño, permitidme la reiteración de la palabra, no era un deseo consciente, no era algo a lo que yo aspirara, no me consideraba agraciada con ningún talento especial, ni poseía una imaginación prodigiosa, ni tenía mi cabeza llena de historias pugnando por salir y liberarse de mí o yo de ellas, ni pensaba que algún día pudiera hacerse realidad. Simplemente vivía conmigo como algo ajeno al mundo real, como otra vida paralela u otro yo que me permitía disfrutar de una vida interior entretenida, sin planes, pero llenando mi cuerpo con una semilla de ilusión vaga e imprecisa, mezclada con otros sueños o con otros yoes que también habitaban dentro de mí, como el de ser una bella actriz de cine con extraordinarias cualidades interpretativas, que llenara toda la pantalla y enamorara a todos los espectadores con un suave parpadeo de sus grandes ojos verdes; o una chispeante cantante de verbenas con un traje rojo ceñido y escotado delante de una maravillosa orquesta, que interpretara románticos boleros en noches de verano con hermosos cielos estrellados como telón de fondo.
Fui creciendo y el amor por la lectura nunca me abandonó (tampoco el amor por la música y el cine), leía todo lo que caía en mis manos, colecciones de clásicos encuadernados con barrocas portadas de colores y adornos dorados que mi padre compraba para decorar las estanterías del salón; pasé tórridos veranos de mi adolescencia devorando una novela de Corín Tellado por día, leí la obra completa de Zola encuadernada con tapas de piel roja que aún conservo como herencia paterna, pero que ya no es objeto decorativo en mi casa desde que la moda minimalista me llevó a esconder todos mis libros en una estantería con puertas de cristal translucido a través de las cuales sólo se adivina lo que hay en su interior y que los protege del polvo. Leía sin orden ni concierto, no sé si fue primero Shakespeare o las novelas de Zane Grey y no sé en qué momento empecé a tener una clara predilección por la buena literatura.
Me gustaba leer tumbada en el sofá en el que me pasaba horas y horas y eso exasperaba a mi madre que me gritaba:
-¡Niña, por qué no te pones a coser o a hacer algo de provecho!
Pero yo hacía oídos sordos y seguía disfrutando de mi pasión por la lectura y viviendo vidas diferentes y extraordinarias a través de aquellas páginas.
No fui una buena estudiante pero no recuerdo cómo conseguí acabar el Bachillerato, fui a la Universidad y cursé una carrera de letras, los números me producen una especie de aversión quizás por la cantidad de veces que me suspendieron las matemáticas en el colegio debido a mi falta de atención por culpa de esas fantasías que me alejaban del rigor académico. Supongo que deseaba ser profesora que era uno de mis juegos preferidos, sobre todo cuando mi amiga Teresa me prestaba el traje de monja que le habían regalado y con el que yo me veía tan atractiva y tan en mi papel de dar clase a sus hermanas pequeñas.
Pero, ¡ay! No conseguí aprender lo suficiente y cuando acabé los estudios no me sentía preparada para enseñar nada, así que colgué los “habitos” y me dediqué a variadas ocupaciones que se sucedieron en el tiempo: vendedora de ropa, de enciclopedias, auxiliar en un hospital psiquiátrico, dueña de un restaurante, profesora de cocina, …
Un buen día decidí que tenía que seguir aprendiendo y volví a la Universidad (asomaban ya las primeras canas en mi abundante cabello negro) para cursar una nueva carrera de letras. Esta vez, después de cinco años de estudio intensivo en que me leí una copiosa representación de la historia de la literatura española e hispanoamericana y una pequeña incursión en la literatura inglesa, a un ritmo frenético en el que no sabía muy bien si leía o sobrevolaba las miles de páginas, pensé que ya estaba preparada para compartir mis conocimientos e inicié mi carrera en las aulas de educación secundaria. Fueron unos años difíciles porque tanta lectura me reblandeció un poco el cerebro y machacó mi espalda y no me preparó precisamente para la “guerra” sin cuartel que tuve que iniciar contra ciertos aprendices de nada y doctores de la mala vida a los que hube de enfrentarme.
Una enfermedad profesional me tiene recluida en una casa aislada del mundo, sentada en un sillón ergonómico, viendo los árboles desde mi ventana, disfrutando de muchas horas de soledad, sabiendo ya que nunca seré cantante de verbenas, que quizá algún día me llegue la oportunidad de debutar en el cine y que es el momento de iniciar esa novela que todavía no sé qué contiene ni quiénes son sus personajes, pero que a lo mejor un día de estos se me aparecen y me atrapan en sus, espero, sugestivas vidas.

jueves, 12 de agosto de 2010

UNA VEZ SOÑÉ

Una vez soñé
cambiar de vida,
de paisaje,
de país,
de lengua,
de nombre.
Habitar las brumas del Norte
y los largos días umbrosos,
junto a otros mares.
Soñé ser otra,
en otra parte,
vivir una vida que también hubiera sido mía.

Una vez soñé...
Hace mucho tiempo...
Hoy una voz de ese sueño
aflora en estas páginas.

lunes, 2 de agosto de 2010

UN SUEÑO

He soñado
para mí contigo
una casa de piedra
con jardín de tapia alta
donde hacer la guerra en paz.

lunes, 28 de junio de 2010

EL INTRUSO

No sé cuándo llegó y se instaló en mi morada. Quizá estuvo allí desde que yo la ocupé y empecé a formar parte de ella. Es posible que estuviera largo tiempo agazapado sin osar manifestarse, o también que al principio fuera tan pequeño, que no tuviera bríos para actuar y hacerse presente. Pero no, parece que la posibilidad de que haya entrado recientemente cobra fuerza entre los conocedores del caso. Pero ya no importa cuándo ni cómo ni por qué. Ya sólo interesa el hecho desnudo de que está aquí y de que cada vez adquiere más protagonismo y ocupa más espacio, hasta el punto de que ya no sé dónde meterme. Pensé que debía cambiar de casa, de hecho compré un ático precioso rodeado de terrazas y con mucha luz. Lo decoré en tonos claros. Me refugié allí pero el intruso se las arregló para instalarse también conmigo. Cada vez lo tenía más cerca, ya no me dejaba ni a sol ni a sombra. Luego estaban las visitas. Acudían al enterarse de la invasión y me hacían olvidarme momentáneamente de él. Hablábamos y hablábamos y nos contábamos historias de nuestras vidas, intimamos como nunca en aquellos tiempos. Me enteré de los problemas de todos los que se interesaron por mi situación, se desahogaban conmigo para que viera que no era yo la única que estaba atravesando dificultades. Pero luego se iban y me dejaban sola con él. Me aterrorizaba su presencia. Cuando pedí ayuda a los entendidos, se pusieron rápidamente en acción. Había que preparar un ataque contundente y eficaz, plantarle cara con todas las armas disponibles para conseguir acabar con él y que me dejara vivir en paz. El ataque se efectuaría desde varios frentes, no se escatimarían medios. Pero eso sí, me advirtieron de que no las tenían todas consigo, se enfrentaban a un enemigo muy poderoso y sólo había un cincuenta, un sesenta... por ciento de probabilidades de derrotarlo. Fueron muy claros conmigo, no quisieron banalizar el problema. Tenía que armarme de valor y colaborar con ellos, mi actitud era fundamental para ganar la batalla. Me entrevisté con expertos en equilibrio psíquico, me aconsejaron ingerir ciertos preparados para ayudarme a mantener la calma. Mis familiares se pusieron también manos a la obra, ayudándome en los diversos aspectos de lo que hasta ese momento había sido mi vida. Mi prima Águeda se ocupó de mis asuntos en el despacho. El resto se turnaba para acompañarme en mis visitas al centro de coordinación. La tía Rosa hacía como nadie el papel de madre y me mimaba con sus guisos de siempre y sus dulces caseros. Me advirtieron de la conveniencia de trasladarme unos días a un lugar idóneo para tenerme en observación y acabar de estudiar bien el caso. Acudí con todo el valor que pude reunir y una pequeña bolsa de viaje, flanqueada, como siempre, por dos de mis familiares más cercanas. El lugar era sorprendente, parecía un parque en día festivo, con sus bancos, sus arbolitos y la gente en calmada charla tomándose la merienda sentados a las mesas y bancos, lo único que faltaba era el cielo y los pájaros, ya que se trataba de un edificio cerrado. Me condujeron a mi habitación, era luminosa y confortable con un baño individual y una televisión que me permitiría cierta distracción durante la espera. Después de tres días estaba completamente decidido el plan de ataque y volví momentáneamente a mi casa. Me sentía fuerte. Haría todo lo posible por vencer aquel maldito cáncer.

viernes, 11 de junio de 2010

POR FIN LA NADA

Aquel día de principios de julio, Soledad habría hecho bien en no levantarse de la cama. Amaneció con dolor de cabeza, pensó quedarse en casa, descansar, pero tenía varios asuntos pendientes en Valencia y decidió tomarse un par de analgésicos con el primer café y lanzarse a la calle. Hacía un calor insoportable. La ciudad estaba alterada con los preparativos de la inminente visita papal. Tenía ganas de acabar pronto y volver a su casa en Torrent. En los últimos tiempos se sentía profundamente cansada. Cogió el metro de vuelta en la Plaza de España. El vagón iba abarrotado de gente y no le dio tiempo a sentarse. Llevaba sólo unos minutos en el tren cuando empezó a oír fuertes golpes y extraños ruidos seguidos de un gran estruendo. Se sintió sacudida por intensos movimientos y cayó desplomada en el suelo al tiempo que algo le golpeaba duramente la cabeza. No volvió a ver nada más. Escuchaba los gritos espantados de la gente y supo que no saldría de allí. Se sintió tranquila. Llegaba el final. Toda su vida había transcurrido entre el absurdo y la esperanza. El absurdo de ver su propia miseria y la de los que la rodeaban; la esperanza de que algún día las cosas fueran mejor. Ahora estaba sola frente al absurdo. Se sintió aliviada. Por fin iba a descansar. Aún tuvo unos minutos para retroceder en el tiempo y recordar momentos significativos de su amargo mundo. Se levantó el telón y dio paso al triste espectáculo de su vida: una infancia gris en la España herida de la posguerra, una temprana juventud ilusa, sumida todavía en el ensueño del cuento de hadas, el brusco y precoz despertar provocado por la terrible enfermedad de su madre, sus intentos de evasión, sus coqueteos con el mundo de las drogas, de la política, sus sucesivos fracasos en el amor, en la amistad, en el trabajo. El absurdo por todas partes, en todas las relaciones, la traición siempre acechando a la vuelta de la esquina, la amenaza continua de la muerte, la terrible soledad. El mundo, sin duda, era un lugar desolador, un gran campo de batalla en el que la lucha era incesante, un mediocre espectáculo. Se había sentido poseída por un dolor universal, sufrimiento y más sufrimiento, perpetuo estado de ansiedad o de profunda tristeza. Todo le parecía un cúmulo de falsedades, trabajos, tormentos sin fin, penas y miserias. Competencia sin tregua, mentiras interesadas y una ficción constante intentando colorear la vida, un gran engaño por todas partes, una farsa repetida sin interrupción con el telón de fondo de las estrellas iluminando el hastío. Ahora estaba llegando a su fin. Ante ella se abría el último sueño, el eterno sosiego de la nada.

viernes, 28 de mayo de 2010

MI TÍA TERESA

Mi tía Teresa pagó caros sus errores. La recuerdo cuando yo aún era una niña y pasaba los veranos, que entonces me parecían muy largos, en la aldea de mis abuelos, los padres de mi madre. Ella era una joven hermosa de pelo negro, ojos pardos y piel clara. Las líneas de su cuerpo estaban bien trazadas, con el volumen justo en el pecho y las caderas y una delgada cintura. Su aspecto era saludable y natural a los veinte años, sin artificios ni coquetería, exceptuando los breves momentos que cada tarde dedicaba a su persona, cuando ya los trabajos cotidianos concluían. Entonces sacaba un neceser de madera con unas flores estampadas en la cubierta, salía a la puerta de la casa y se sentaba en una silla de cara a los trigales cercanos surcados de amapolas. Yo observaba boquiabierta, sentada a su lado, el brillo de su pelo ligeramente ondulado y de sus ojos que se tornaban verdes con el sol de la tarde. Abría el neceser y aparecían pequeños compartimentos donde guardaba tesoros, a mis ojos, de horquillas para el pelo, peinetas, peines, carmines, una polvera, cremas… y otros afeites. Arreglaba su rostro y su pelo y luego, con una asombrosa puesta de sol de fondo, íbamos a regar los hermosos geranios rojos, blancos, rosas, que ella cultivaba y cuidaba con esmero. ¡Ay, el olor de los geranios! Siempre irá para mí asociado a aquella joven dulce y espléndida que fue mi tía Teresa.
Había nacido, allá por el 1927, en aquella aldea de la inmensa llanura manchega, de casas blancas teñidas de cal. Su único mundo era ese mínimo reducto y un pequeño pueblo situado a tres kilómetros de su aldea a donde el abuelo nos llevaba, de vez en cuando, con su cabriolé tirado por dos caballos tordos, excursión que constituía para mí una auténtica fiesta.
Teresa era la menor de diez hermanos. Eran tiempos de pocos remilgos y de mucho trabajo en las tierras que rodeaban la aldea. Había campos de trigo, de avena y de cebada, extensos viñedos, la era donde se trillaban las mieses y la pequeña huerta en la que cultivaban todo lo necesario para la subsistencia de los aldeanos: habas, guisantes, tomates, pimientos, patata…; además había almendros, nogales, manzanos y una higuera.
La casa de mis abuelos era grande y tenía corrales donde habitaban gallinas, pollos y pavos reales. Había jaulas colgadas con perdices que mi abuelo personalmente criaba. Y las cuadras con las mulas, los burros y los caballos.
Uno de aquellos veranos en que yo tenía vacaciones en el colegio, y mis padres me llevaban a la aldea, algo en la tía Teresa había cambiado. Estaba pálida y ojerosa y el llanto acudía a sus ojos con demasiada frecuencia.
Yo no sabía qué pasaba. Sé que mis abuelos estaban muy enfadados, que a veces había lloros y gritos y que un día fuimos todos juntos a la iglesia del pueblo y mi tía se casó con un primo hermano de ella. Teresa iba vestida de negro y su cintura se había ensanchado. Durante la ceremonia no paraba de llorar. Acudió toda la familia pero no hubo convite ni tarta nupcial.
Y creo que ese fue su triste destino: una vida de llanto, sufrimiento y locura que yo no quiero recordar. Para mí, mi tía teresa siempre será el verano, la belleza de la tarde y el olor de los geranios.

lunes, 17 de mayo de 2010

DINERO SUCIO

El día que conocí a José Luis Peñalver no podía ni imaginar el marrón que, años después, amargaría durante algún tiempo su existencia gris. Era propietario de una tienda de sombreros cercana a la mía, en la calle Mayor, y solía cruzarme con él con cierta frecuencia al inicio o al final de la jornada. A veces coincidíamos también en el bar de la esquina a la hora del almuerzo, donde yo devoraba con deleite un bocadillo de pan tierno y crujiente con jamón a la catalana, mientras él se tomaba un café a pequeños sorbos comentando la mala marcha de los negocios por ésta o por aquélla causa: crisis varias, competencia de los grandes almacenes, los cambios en las modas…
-Esto ya no es lo que era –solía afirmar- , antes se podía vivir de un pequeño comercio, pero ya no tenemos nada que hacer, es una auténtica ruina.
-Hombre, no será para tanto –le contestaba yo-, todavía tenemos fieles clientes que prefieren la confianza que depositan en nosotros antes que la impersonalidad de las grandes superficies.
El caso es que el hombre siempre estaba amargado y los domingos se le veía pasear serio y cabizbajo del brazo de su oronda señora, que saludaba al pasar con una tímida sonrisa.
Se pasó años con el mismo traje gris los días laborales de invierno que cambiaba los domingos por otro del mismo color pero un poco más nuevo y en verano lucía una camisa blanca y un pantalón ligero azul marino.
Rosa Benítez, su señora, tampoco hacía grandes dispendios en vestuario y solía llevar los mismos modelos temporada tras temporada sometidos a concienzudos arreglos para adaptarlos a la moda del momento.
Vivían en una modesta casa situada en el entresuelo de la tienda, en un edificio de seis plantas. No sé cómo era su mobiliario, ni los manjares que adornaban su mesa, pero sí veía muchas veces volver de la compra a Rosa Benítez con una pequeña cesta y su apagada sonrisa de siempre, era como si tuviera la necesidad constante de pedir perdón por algo que ignorábamos.
Con la última crisis económica que nos puso a todos un poco más serios, José Luis Peñalver dejó de frecuentar el café y ya casi no se le podía ver fuera de su tienda, llegando incluso a suprimir los paseos dominicales.
Pero la sorpresa llegó un lunes por la mañana, los comentarios se extendieron rápidamente por todo el barrio. Al parecer había habido una avería en los desagües de la finca donde vivían los Peñalver y la tienda había amanecido cubierta de mierda. Montañas de mierda por todas partes. Todo el género echado a perder. Cajas de borsalinos, de fedoras, bombines, sombreros de copa, boinas, gorras, sombreros de paño, pamelas, jipijapas o sombreros Panamá, Canotiers…, todos cubiertos de mierda.
Pero lo más curioso era que José Luis Peñalver escondía, según se dijo, medio millón de euros en la trastienda, atesorados año tras año a base de continuas privaciones, que quedaron cubiertos de la desagradable sustancia marrón y decían que andaba enloquecido, profiriendo gritos y maldiciones mientras Rosa recogía el dinero y lo llevaba a la lavadora donde lo sometió a un programa de lavado económico del que salieron limpios y relucientes y dicen que luego puso los billetes a secar por toda la casa. Al poco tiempo de estos hechos traspasaron la tienda y no volvimos a saber nada más de ellos.

sábado, 1 de mayo de 2010

SE HACE CAMINO AL ANDAR

Adela escuchaba absorta la ponencia de aquella profesora madura, Teresa Cifuentes, doctora en Ciencias de la Información, que versaba sobre la mujer en el mundo de la publicidad.
-Son muchos los artículos, comunicaciones y conferencias que, de una u otra forma, abordan el ya “clásico tema de la publicidad sexista”. La cuestión del género y su proyección en los contenidos mediáticos, y concretamente en los discursos publicitarios ha sido ampliamente tratada –comenzó de esta forma su exposición.
Ella la miraba sin pestañear fijándose, al mismo tiempo que la escuchaba, en su aspecto severo, su impecable traje de chaqueta, y su media melena canosa y perfectamente peinada. Su voz firme y bien modulada seguía sonando en el auditorio:
-En este sentido, lejos de reiterar en esta exposición la continuada representación discriminatoria de la mujer en la publicidad, mi objetivo es plantear una reflexión de fondo sobre la situación contradictoria de la mujer actual y su dificultad de proyección en los medios de comunicación –seguía diciendo la profesora.
Adela se dio cuenta de que esta vez no iba a escuchar el mismo rollo de siempre y empezó a tomar notas en su bloc esperando encontrar alguna clave que le permitiera entender mejor el mundo y a sí misma.
Ella era modelo publicitaria desde los 18 años, ahora contaba 40 y seguía teniendo una imagen envidiable que cultivaba con esmero a base de dietas, ejercicio, buen humor y una vida privada bastante equilibrada a pesar de los contratiempos que de vez en cuando surgen en todas las vidas y de los que es imposible escapar.
La verdad es que encontraba tiempo para todo, hacía dos años que había iniciado la carrera de Publicidad en la UNED pensando en un futuro profesional diferente cuando la tersura de su piel y su escultural figura fueran cediendo con el paso de los años y porque tenía otras inquietudes que deseaba desarrollar.
-A lo largo del siglo XX la mujer se incorpora a una ciudadanía típicamente masculina y a un espacio público que le había sido tradicionalmente vedado –continuaba la profesora Cifuentes.
Mujer, tanto como masculina no diría yo –se decía a sí misma Adela- una cosa es querer igualdad de oportunidades y derechos y otra muy distinta es tener una “ciudadanía típicamente masculina”. También muchos hombres adoptan hábitos típicamente femeninos: cuidan su línea, se depilan…
-Hoy las mujeres se benefician de variadas posibilidades de trabajo, ocio y viajes, al mismo tiempo que los nuevos padres y maridos hacen propias las tareas domésticas: cocinar, limpiar y cuidar a los niños. La publicidad, como reflejo de la sociedad, muestra a los hombres “intentando” realizar las labores del hogar con cierto éxito…
Sí, era verdad –pensaba Adela- pero en los anuncios de este tipo en los que ella había participado estos hombres aparecían como héroes y la mujer seguía cumpliendo su función esencial en el seno del hogar. Aunque en alguno que ella recordaba toda la familia se ve obligada a tomar un digestivo después de la exquisita comida de papá. En realidad no era muy diferente de lo que pasaba en su propia casa. Ella amaba a su marido y le estaba muy agradecida porque, a pesar de tener mucho trabajo, siempre estaba dispuesto a echar una mano en casa con los niños, improvisar una cena, poner una lavadora o hacer la compra en un supermercado. Sí, definitivamente era una mujer afortunada.
-Cada día somos más las mujeres que nos hemos incorporado en masa al mundo laboral, asumiendo en muchas ocasiones grandes responsabilidades, a costa también de no pocos esfuerzos y sacrificios…
Que se lo dijeran a ella, las horas que le robaba al sueño para preparar un examen, las continuas carreras para llegar a todos los sitios y cumplir con sus numerosas obligaciones. Pero Jorge siempre estaba allí, ayudándola, supliéndola cuando su trabajo o sus estudios la hacían ausentarse y “descuidar” su papel de esposa y madre.
-La misma dificultad que tienen las mujeres de convivir con su propia situación contradictoria, la tienen los creativos publicitarios a la hora de la proyección mediática del imaginario femenino…
La verdad era que todo estaba cambiando pero todo seguía siendo un poco igual. Definitivamente, la mayoría de sus amigas y conocidas se habían convertido en supermujeres que compaginaban su vida laboral con la familiar y sólo algunas, como ella, tenían la suerte de contar con un marido tan dispuesto.
-No obstante, se muestran algunos cambios lentos en el discurso publicitario que acercan a una aparente igualdad de géneros combinados con múltiples estereotipos tradicionales…
De esos desde luego no faltaban, de los tradicionales y lo que más rabia le daba a ella era que cuando se trataba de padecer hemorroides, usar dentadura postiza o enfrentarse al estreñimiento siempre aparecía una sufrida mujer como principal protagonista. Ella, sin ir más lejos, acababa de rodar un anuncio de laxantes.
-Las mujeres se han ido incorporando al mundo del trabajo, la política y el ocio en proporciones nunca antes vistas y esto ha supuesto un impacto sobre la familia donde los papeles se han ido reinventando a veces con más culpa que felicidad. La demanda social debe impulsar el ritmo de ese cambio en el discurso publicitario que es mucho más lento que el propio cambio de la sociedad. Pero no desesperemos: “se hace camino al andar”.
Adela agradeció la exposición con unos cuantos aplausos y salió precipitadamente de la sala porque en media hora tenía que llevar a su hija pequeña al dentista, mientras Jorge se hacía cargo de comprar y preparar la cena de los jueves con sus amigos de siempre.

viernes, 30 de abril de 2010

DESPERTAR

Lucila se despertó con el amanecer aquella mañana del mes de abril. Cuando abrió el ventanal de su casa y salió a la terraza que daba al mar, percibió un extraño fenómeno, al menos era algo completamente nuevo para ella: los primeros rojos del día parecían volver de un encuentro apasionado con los naranjos en flor de los huertos cercanos; un intenso olor a azahar la envolvió. Cuando el sol fue surgiendo del horizonte del agua, parecía una enorme naranja, una fruta prohibida que cegaba al que osaba poner sus ojos en ella. Se sintió alentada con tan intensas sensaciones. Sin embargo, una idea fija rondaba su cabeza desde que se había despertado, un buen rato antes de levantarse de la cama. Se fue al cuarto de baño, cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y, sin dudarlo un instante, sesgó de dos certeros y firmes tajos sus venas eróticas. La muerte de sus fantasías sobrevino con rapidez y Lucila decidió no llevar luto por ellas. Horas más tarde entregó su cuerpo al sol y a la brisa sin reparos, olvidando el epitafio que quedó sobre su tumba:

AQUÍ YACEN LAS FICCIONES Y ESPEJISMOS
DEL AMOR INSATISFECHO
DESCANSEN EN PAZ

lunes, 26 de abril de 2010

UN NARRADOR EN BUSCA DE PERSONAJES

Una fría mañana de diciembre, nuestro narrador comienza el día eludiendo sus deberes patrios debido a su agotamiento físico y psíquico. Se sienta a la mesa frente a su ordenador decidido a encontrar al personaje que pueda darle vida a una gran historia. No tiene nada previsto, sólo un compromiso adquirido en su reunión semanal de escritores aficionados. Ha de contribuir con un cuento breve. Un cuento en el que algo pase y algo se solucione. Un cuento en el que se tenga presente el espacio en el que se desarrollan los hechos. Cuando llega a este punto siempre recuerda la frase que quedó grabada en su memoria, aunque ha olvidado a quién pertenece. La frase dice que “Hay callejones que invitan a un asesinato”. De todas formas las sentencias, como la poesía, son de quienes las necesitan y no de quienes las escriben, recuerda haber oído en la película de El cartero y Pablo Neruda. También es fundamental, en un cuento que se precie, prestarle especial atención al tiempo, ya que todo lo que sucede en el mundo está sujeto a su paso incesante e inmisericorde. Pero aquí el creador puede saltarse sus estrictas leyes y hacer que los minutos duren horas o las horas minutos, alargando o acortando el tiempo a su antojo, yendo hacia atrás o hacia delante, intercalando elipsis y tiempos muertos, todo ello, sin embargo, necesita una gran maestría para mantenerse dentro de la lógica y la coherencia del relato. Luego viene el narrador. El nuestro gusta de la omnisciencia por aquello de su semejanza divina y de su poder con respecto a los personajes, y además porque es un cotilla y le gusta estar enterado de todo, aunque de vez en cuando no desdeña la primera persona que le permite contar episodios de su propia vida. Hoy el relato había de centrarse en los personajes y prestarles una especial dedicación. Pero nuestro narrador se encuentra seco y falto de imaginación. No sabe qué personaje o personajillo sacarse de la manga, añora las habilidades del mago y le viene a la cabeza la última película de Wody Allen, Scoop, y envidia la gran inventiva de este medio perverso, loco del clarinete. En ella da vida a un mago que se ve inmerso en la investigación de un miembro de la alta sociedad londinense, sospechoso de ser el autor de una serie de asesinatos, colaborando con una hermosa estudiante de periodismo que no es otra que la deslumbrante Scarlett Johansson. Que mal repartido está el ingenio, piensa nuestro narrador, y se concentra en encontrar a su personaje. Deberíamos oírle hablar, piensa, para que él mismo se muestre, pero las únicas voces que llenan su cabeza son las de la rebelión de doscientos alumnos en desacuerdo con sus calificaciones, todos hablando a la vez y exigiendo una explicación de su fracaso. Son esos que se han pasado el trimestre hablando con el de al lado, faltando a clase, los que nunca han tenido ninguna duda. Hay otros, los menos, que están callados, y esperan pacientes el fin del conflicto. Total que nos hemos quedado sin espacio, sin tiempo, sin personajes, sin historia... Sólo nos queda un narrador frustrado que a pesar de todo ha conseguido llenar una página.

miércoles, 14 de abril de 2010

P 2: UN SUEÑO ROTO

En las aguas turbias de un sueño roto,
busco los restos de un fracaso.

Hay una casa grande en una ciudad amorfa,
una chimenea sin fuego,
un calor de radiadores,
un frío en las entrañas tristes de la tarde.

Hay una casa grande
donde suceden pasillos interminables
que no encuentran las alcobas
en las que un día sonreímos con el gateo de un niño.

Hay una chimenea sin fuego,
un amor que se perdió en el tiempo,
un ramo de lilas de cuando entonces,
de cuando ella aún sonreía a la vuelta del paseo.

Hay un fuego lento en la cocina
que tantas veces ardió de amor y condimentos.

Hay una noche tenebrosa
en la que ella cantaba,
con una voz que aterraba a la oscuridad.
Por los largos pasillos
a la hora del sueño.


En las aguas turbias de una vida gris,
en la que nada fue suficiente,
repaso las horas,
entretejiendo los hilos de la nada.

viernes, 9 de abril de 2010

ESPACIO Y TIEMPO

Laura se despierta con la sensación de no poder respirar ni un minuto más en el espacio familiar. Se siente asfixiada. Acaba de cumplir treinta años y continúa viviendo en la casa de sus padres. Es hija única y querida, pero no puede soportar el clima enrarecido que, poco a poco, se ha adueñado de la pequeña vivienda, a causa de las continuas discusiones entre sus progenitores. No hay motivos graves, sólo un montón de pequeñas miserias cotidianas que han minado el cariño entre ellos.
Ella, por fin, acaba de conseguir su primer empleo como fotógrafa en una pequeña empresa de publicidad. Su sueldo no le da para mucho pero tiene que intentar independizarse. Durante el tiempo del almuerzo anota algunas direcciones de pisos en venta, hojeando el periódico del bar, donde cada día toma café en compañía de algunos compañeros de trabajo.
En cuanto termina su jornada laboral, hace algunas llamadas. Ha visto un piso de sesenta metros, en una pequeña calle escondida en pleno corazón de la ciudad, por sesenta mil euros. Por supuesto ella no dispone de esa cantidad, ni siquiera tiene mil euros en su cuenta pero tiene un contrato y una nómina y “a lo mejor el banco...” piensa mientras se dirige con paso rápido a su cita con el empleado de la inmobiliaria.
Cuando llega a la dirección exacta, se encuentra con el agente que la espera con un manojo de llaves en la mano. La calle es estrecha y hay poco tráfico, por lo que resulta muy tranquila a esa hora punta de la tarde. Se queda mirando unos instantes la fachada del edificio, le parece horrorosa, algo inusual, está revestida con azulejos que recuerdan a una cocina o a un cuarto de baño trasnochados. Suben al cuarto piso. En el ascensor se encuentran con unos, supone, vecinos latinoamericanos que los saludan cordialmente. Eso le agrada, está harta de la apatía de la gente de su barrio.
Entra en la casa, un hedor a polvo y abandono la impulsa a salir corriendo y suspender la visita, pero se resiste mientras el agente abre todas las ventanas y deja entrar una ráfaga de aire fresco de la calle. Lo que ve sigue disgustándole. La casa tiene una extraña distribución: el salón está en el centro y no da a la calle ni a ningún patio interior, la decoración se compone de muebles viejos y desvencijados que no merecen la calificación de antiguos, el mal gusto reina por doquier. La cocina es pequeña, está desordenada y sucia, da a un patio interior a través de una pequeña galería donde hay un tendedero escacharrado. El pequeño cuarto de aseo con ducha la tira de espaldas. Está deseando salir de allí. Le falta ver las habitaciones del fondo, dos pequeños dormitorios que dan a la calle. Entra en el primero de ellos y se queda absorta mirando sin pestañear: Hay una pared desconchada al fondo, pintada de azul celeste; en la parte de arriba, a la derecha, una antigua fotografía en blanco y negro con un marco dorado, muestra a una hermosa joven de sonrisa deslumbrante, ojos brillantes y pelo ondulado peinado al estilo de los años treinta. Abajo, a la izquierda, una silla de ruedas vacía reposa sobre el suelo. Laura se queda sin habla. En su imaginación transcurre toda una vida en cuestión de segundos, la de la hermosa joven que, probablemente, acabó sus días postrada en aquella silla. El agente la mira con extrañeza esperando una reacción. Ella saca su cámara de fotos e inmortaliza el instante desde varias perspectivas.
Salen de la casa en dirección a la inmobiliaria. Su ánimo ha cambiado. Ha decidido comprar el piso. Se compromete. Firma unos contratos. Al día siguiente habla con el director de su oficina bancaria, pide un crédito de noventa mil euros. Lo tiene todo planeado. Su cabeza trabaja deprisa cuando tiene las cosas claras. En el banco no le ponen ninguna pega. Le dan el dinero con un préstamo a interés variable, a pagar en treinta y cinco años.
Su actividad ya no cesa, no tiene tiempo que perder, habla con albañiles, carpinteros, electricistas, pintores. En tres meses no queda ni rastro de la antigua vivienda. Se ha convertido en un loft espacioso, ideal para una persona sola. Ha tirado tabiques, ha cambiado suelos, ventanas, cocina, aseo, todo nuevo y moderno. La decoración es mínima, apenas ha puesto muebles, sólo lo absolutamente imprescindible.
Llega el día de decir adiós a sus padres. Las lágrimas resbalan por el rostro de su madre. Su padre se mantiene firme pero tiene el corazón encogido. Ella se va sin mirar atrás. Acaricia la llave en el bolsillo de sus pantalones. Esa llave le permitirá convertirse en la persona que quiere llegar a ser.
En su nueva casa ya está todo dispuesto, tiene la nevera llena de los alimentos que ella prefiere: comida sana y ligera. Sólo falta un detalle. Lleva una bolsa grande con un paquete envuelto dentro. Entra y lo primero que hace es desenvolverlo. Se trata de una fotografía en blanco y negro, ampliada y enmarcada, de las que hizo el primer día que entró en aquella casa. La cuelga en la pared, bien visible, en un lugar privilegiado de la vivienda. Le ha puesto un título en latín: Tempus fugit.
Se sienta en el sofá y mira esperanzada la luz del atardecer que entra por la ventana.

sábado, 27 de marzo de 2010

CONFIDENCIAS

Elia terminó las clases a las 8 de la tarde y se fue caminado hacia su casa. Había tenido suerte con aquella sustitución. Era en un instituto de su ciudad, tenía un horario nocturno de lujo: de profesor veterano y jefe de departamento, además. Los alumnos eran tranquilos, sólo había bachilleratos y un ciclo de formación profesional; algunos compaginaban sus estudios con la carrera de música en el conservatorio. Éstos eran siempre los mejores, jóvenes con alma de artistas, llenos de pasión y poco proclives a perder el tiempo. Elia estaba encantada y sólo pedía poder quedarse todo el curso en aquel instituto, aunque no le deseaba ningún mal al titular de su plaza.
Aquel día había pedido a sus alumnos de primero que elaboraran una redacción en la que reflejaran alguna de sus preocupaciones, o que hablaran de sus costumbres o de sus ilusiones en la vida. Llevaba en su bolso sesenta narraciones para corregir durante el fin de semana. No estaba mal, teniendo en cuenta que ella no tenía ningún plan y que pensaba coger una bolsa de viaje con lo imprescindible y tomar el autobús que la llevaría a su pequeño apartamento en la costa, desierta en aquella época del año, corría el mes de febrero.
El sábado por la mañana llegó al pueblo a eso de las 10, se bajó del autobús y emprendió el camino hacia su casa por el paseo marítimo, todavía le quedaba un buen trecho desde la parada hasta el apartamento. Hacía fresco aunque el sol brillaba con intensidad y Elia agradecía la caricia del astro rey en su rostro. El mar aparecía tranquilo y la ausencia de nubes convertía el panorama en una envolvente gama de azules. Todo acompañado de la brisa invernal.
Cuando llegó, no vio ningún coche aparcado en su calle, supuso que estaba sola en el edificio. Subió por las escaleras hasta el cuarto piso, siempre lo hacía cuando no había gente, previniendo la posibilidad de que el ascensor sufriera una avería y sabiendo que no habría nadie a quien pedir auxilio. Entró en el apartamento y cerró la puerta con llave girándola dos veces, era valiente pero esa soledad extrema le producía un asomo de inquietud.
Encendió todas las estufas que tenía en la casa: dos radiadores de aceite y una catalítica de gas butano que estaba situada en el pasillo, se puso ropa cómoda que guardaba en el armario y bajó al pequeño supermercado, situado a quinientos metros de su apartamento, que estaba abierto todo el año pese a la evidente escasez de clientela. Allí compro unas cuantas provisiones y volvió a su casa. Sólo se cruzó al volver con un anciano con aspecto de huertano curtido por el sol de muchos inviernos y veranos que caminaba con la ayuda de un bastón.
-Buenos días –le dijo al pasar a su lado.
-Buenos días –le contestó ella y pensó que ya sería la última voz que oiría en todo el fin de semana, exceptuando, quizá, alguna surgida de su móvil procedente de alguien de la familia o de alguna de sus amistades.
Elia se sentía algo cansada, sobre todo sufría dolores de espalda, así que optó por tumbarse en el sofá y corregir unas cuantas redacciones hasta la hora de comer. Las primeras que leyó no tenían nada de extraordinario, todo perfectamente previsible, llevaba muchos años con aquellos trabajos y con alumnos de aquellas edades, que siempre parecían los mismos. Al cabo de unos días de ver sus rostros, tenía la sensación de conocerlos de toda la vida. Sin embargo, empezó a leer una narración que la llenó de desasosiego. Era muy diferente a las otras incluso en el estilo que parecía más cuidado y maduro, decía así:

Los días pasan bajo las sombras de una vida que ya no lo es. Yo cavilo todo el tiempo en la forma de la huida: ensayo una muerte de folletín. Uno de mis lugares favoritos es el cuarto de baño, me encierro en él y miro las cuchillas de afeitar bien afiladas intentando imaginar cómo harían brotar la sangre de mis venas a borbotones. Pruebo posturas distintas y me figuro la reacción de mi madre, de mi padre, cuando me encontraran exánime después de forzar la puerta, alarmados.
También me recreo fabulando una escena aterradora: cuando vamos a la casa del pueblo, subo al desván, me tumbo en el suelo e imagino cómo quedaría mi cuerpo inerte colgado de una viga con una soga al cuello.
Cuando me quedo sola en casa meto la cabeza dentro del horno y trato de pensar en la sensación que sentiría con la salida del gas acabando con mi vida de la manera – dicen- más dulce.
Otras veces leo los prospectos de las muchas medicinas que hay en el botiquín de mi casa, sin saber a ciencia cierta qué pastillas serían las más adecuadas, las que me producirían una muerte más rápida y me harían sentir menos dolor.

Me tientan los balcones sobre todo cuando voy a visitar a mis tíos que viven en un séptimo piso, abro el que tienen en el salón y me quedo un rato sola con la excusa de fumar un cigarrillo, mientras pienso en la fuerte estampida que se produciría y en mi cuerpo destrozado en medio de la calle, rodeado de viandantes aterrados y sorprendidos.
Cuando cojo el metro, fantaseo con la posibilidad de arrojarme a las vías, segundos antes de que el tren inicie su marcha y casi puedo sentir el estruendo de la máquina aplastando mi persona, los gritos de la gente, el estupor del maquinista y el suceso en primera página de los periódicos locales.
Esa es mi otra vida, la de dentro, la que sólo yo conozco, la que le cuento a usted porque está de paso y porque tiene usted un no sé qué en la mirada que me hace pensar que quizá pueda comprenderme.

Elia se quedó atónita sin saber exactamente el alcance de aquellas palabras. Cerró los ojos y trató de recordar si sus sinsabores de adolescente le habían llevado alguna vez a frecuentar fantasías semejantes, quizá algún disgusto con sus padres, creía recordar, pero en ningún modo había escrito ni imaginado un tratado sobre el suicidio comparable a aquella espeluznante página. Se quedó muy preocupada todo el fin de semana, no pudo seguir corrigiendo ni concentrarse en nada. Procuró atontarse con algunos estúpidos programas de televisión y paseo por la orilla de la playa bien provista de anorak y botas de agua.
El lunes a las seis de la tarde, Elia llegó al instituto y entró en la clase de Primero A, el curso de Elena, la autora de la pavorosa redacción. Allí estaba como siempre, charlando con sus amigas. Saludaron a la profesora y comenzó la clase con total normalidad. Al terminar, Elia se dirigió a ella:
-Elena, me gustaría hablar contigo, yo tengo una hora libre…
-Yo tengo clase de mates –respondió Elena dudosa- pero si quieres le pido permiso a Alejandro.
-Vale, vamos a donde no nos moleste nadie.
Salieron del instituto y se dirigieron al bar de la esquina, no había mucha gente. Se sentaron a una mesa al lado de la ventana aunque la tarde empezaba a declinar. Pidieron un refresco y cuando tenían los vasos en la mesa, Elia la miró fijamente a los ojos:
-Bueno –dijo sacando de su bolso la redacción- ¿Esto qué es, eres aficionada a la literatura de terror?
-No –contestó, bajando la vista- todo lo que he escrito es verdad.
-¿Estás segura?
-Sí.
-¿Por qué, cariño, cuál es la causa? –preguntó Elia con inquietud creciente en su mirada y un ligero temblor en su voz.
-Es una historia muy larga.
-Bueno, ¿quieres contármela?
-No la sabe nadie.
-¿Quieres contármela a mí?
-Es por mi novio, Dani, me está jodiendo la vida.
-¿Cómo es posible? ¿Qué pasa?
-Al final del curso pasado terminamos, le dejé, me tenía harta desde que empezó a meterse esa mierda por la nariz, le cambió el carácter y no me gustaba la gente con la que empezamos a salir.
-Ya.
-Luego vino el verano, las vacaciones, me fui con mis padres al pueblo y me olvidé de todo. Allí me encontré con Javier, mi amigo de la infancia. Hacía dos años que no lo veía y estaba cambiado, estaba mayor y más guapo, como nunca antes me lo había parecido. Creo que surgió un flechazo entre nosotros. Nos enrollamos enseguida y no nos despegamos en todo el verano. Nos bañábamos en el río, andábamos de fiesta con la pandilla, pero siempre juntos él y yo.
-¿Y qué tiene que ver eso?
-Luego llegó septiembre y Javier se fue con sus padres a Madrid para continuar sus estudios.
-¿Y?
-Yo también volví al instituto. Tenía un poco de miedo de reencontrarme con Dani. Respiré aliviada cuando me dijeron que este año no se había matriculado. Pero la alegría duró poco porque el mismo día que empezó el curso me estaba esperando con su moto a la salida.
-Ya –continuó Elia- y ¿qué pasó?
-Me dijo que me quería, que no podía vivir sin mí y que tenía que volver con él porque si no, me mataría y después se mataría él.
-Y tú ¿qué hiciste?
-Tenía mucho miedo. Voy con él desde entonces. Sigue con sus mierdas de drogas y, a veces, me obliga a tomarlas a mí. Estoy desesperada. Ha llegado a pegarme cuando le he llevado la contraria. Sólo pienso en morirme y acabar con todo esto de una vez.
-A ver, cariño, necesitas ayuda y no sólo la mía, tienes que hablar con tus padres.
-Eso sí que no, no quiero que se enteren por nada del mundo.
-No puedes seguir así, tienes que dejar a ese chico. ¿Quieres que hable yo con tus padres?
-Te he dicho que no, ellos no pueden enterarse.
Elia se sintió impotente y muy preocupada. No sabía qué hacer. No sabía si podía traicionar la confianza que una niña de dieciséis años había puesto en ella
-Prométeme que le dejarás y que pedirás ayuda.
-Sí, te lo prometo. Mañana nos vamos de excursión a la nieve, estaré una semana sin verlo y pensaré. Muchas gracias por escucharme. Me has ayudado mucho, de verdad.

Al día siguiente de la citada conversación, el profesor al que Elia sustituía se presentó en el instituto diciendo que le daban el alta y que en tres días ocuparía su puesto.
Elia no podía irse sin hacer algo por Elena y lo único que se le ocurrió fue confiar su secreto a otra profesora con la que había congeniado en el breve tiempo que duró su trabajo en el instituto. Amparo, que así se llamaba, era médico, daba clases en un ciclo formativo para auxiliares de clínica y, como el instituto era pequeño, conocía a todos los alumnos. Quedaron en que ella estaría pendiente de Elena a su vuelta del viaje y de que trataría de ganarse su confianza para intentar ayudarle.
A las dos semanas de dejar el instituto, Elia encontró una carta en su buzón sin remitente. La abrió y leyó su escueto contenido:

Querida profesora:
Me puse muy triste cuando volví del viaje a la nieve y vi que te habías ido y que yo no había podido ni siquiera despedirme de ti.
Quiero que sepas lo mucho que me has ayudado, nunca nadie me había escuchado como tú lo hiciste. No podré olvidarte en toda mi vida. Te doy las gracias de todo corazón.
Un abrazo muy fuerte
Elena

Y así acabó la historia para Elia, nunca volvió a saber de Elena, pero supuso que en este caso no tener noticias eran buenas noticias.

domingo, 21 de marzo de 2010

EL BAILARÍN DEL METRO, LA FILÓSOFA MOMIA Y EL OBSERVADOR AMORFO

Hoy no es una excepción, hoy me siento como siempre muy cansada. Suena el despertador a las 6.30, reprimo mis deseos de estamparlo contra la pared y seguir durmiendo. Me levanto arrastrando mi cuerpo dolorido hasta el cuarto de baño. El espejo me devuelve la imagen de una mujer derrotada, una mujer que ha perdido todos los trenes y que está a punto de perder el que hoy ha de llevarla a su destino de absurda profesora, de filósofa muerta, de chillona crónica que se rompe la garganta cada día para hacerse oír por su reducido auditorio. ¡No voy, no voy, hoy no voy, no puedo! El cuerpo no me responde. Me duele también el alma. Finalmente consigo vencer mis aprensiones con una ducha caliente y una taza de humeante té. Disfrazo mi rostro con un poco de maquillaje. Salgo a la calle. Es uno de diciembre y hace frío. Todavía es de noche. Ando con paso rápido hasta la estación del metro; esta marcha me libera de la mala conciencia que tengo de llevar una vida sedentaria. Llego a tiempo, aún tendré que esperar unos diez minutos. Estoy sofocada, tiro la mochila en un banco, empiezo a despojarme del abrigo y de la bufanda y me doy aire con un abanico. Me siento exhausta. Hay poca gente en los andenes. De pronto veo a un joven en frente que baila al ritmo de la música que sale de los altavoces. Se siente observado y exagera su excentricidad. Va vestido con un uniforme verde. ¿Bailas? -Me pregunta- Y yo le contesto con un gesto de mis manos, como si fuera a echarme a volar por encima de las vías que nos separan. Le sonrío.
Él sigue su baile con esmero. También canta, avivando la mortecina voz de los viejos bafles de la estación. Me pregunta que si me divierto, le respondo que sí. Llega mi tren. Le digo adiós con la mano. Me pierdo en la tristeza de un vagón atiborrado de sonámbulos...


Me levanto de un brinco apenas oigo el despertador. Ya es viernes. Hoy voy a verla, me muero de ganas. Mi chica, ¡qué buena está!, me comeré sus labios y la apretujaré entre mis brazos, la amaré la noche entera. Hoy voy a decirle que la quiero. Me doy una ducha de agua fría y me lanzo a la calle sin desayunar. Llego a la parada de metro, bajo las escaleras de dos en dos. Si voy rápido me da la impresión que acorto las horas que me faltan para verla. Estoy tan contento que voy a ponerme a bailar aquí mismo. Se oye un cha cha cha por los desvaídos altavoces de la estación. A ver: un, dos, Cha cha cha; un, dos cha cha cha, paso abierto; un, dos, cha cha cha, un, dos, cha cha cha; un, dos, cha cha cha, paso cerrado; un, dos, cha cha cha; un dos cha cha cha, voy y vengo; un, dos, cha cha, cha; vuelta; un, dos, cha, cha, cha media vuelta; un dos tres, un dos tres, vuelta entera... ¡Me sale bien! Estoy en forma. ¡Cuánto me gustan las clases de baile! En el andén de en frente, hay una mujer que me observa y me sonríe. Hago un quiebro, media vuelta y me palmeo el culo. ¿Bailas? -Le pregunto-, y me contesta que sí, pero las vías se interponen entre nosotros. Le digo que la cuestión es no aburrirse. Soy tan feliz que me siento capaz de dar un salto y bailar con ella. Debe de estar tan loca como yo pero parece triste a pesar de su sonrisa. Me gustaría darle un poco de mi magia, que sintiera la vida latir con la misma intensidad que yo la siento. Qué bien me sienta el uniforme de jardinero. Debo estar irresistible, esa mujer continúa mirándome. Viene un tren. Me dice adiós con la mano. Desaparece...


Lo primero que hago cuando me despierto es encender un cigarrillo. Un día más. Cuento los putos días que me quedan para jubilarme. De camino al metro me paro en el bar de siempre y me pido un café y un copazo de cazalla con el segundo pitillo, es que si no, no hay quien me mueva. Una vez entonado el cuerpo, ya no le temo a nada. Soporto al cabrón del jefe como si la cosa no fuera conmigo. Hay que ver lo que me aprietan estos pantalones, cada día como menos y tengo la barriga más gorda, lo he heredado de mi padre, seguro. ¡Vaya!, me he adelantado, aún queda un rato para que llegue mi tren. ¡Hostia!, no me queda tabaco, me fumo el último. Cuando llegue, me meto en el bar de enfrente de la obra y me pido otro aguardiente de paso que saco un paquete de la máquina. ¡Hay que joderse!, como está el personal, de manicomio vamos, mira ese tipejo ligando con una mujer que podría ser su madre, aunque todavía tiene un buen polvo, seguro que es un putón, como todas. Vivir para ver. Y a estas horas. Desde luego, ¡mujeres! Verlas, olerlas y salir huyendo por si te atrapan. Lo único que les interesa es el dinero. Y él parece maricón, mira como se mueve y ahora se da una palmada en el culo y ella se ríe. Seguro que está drogado, si no de qué iba a estar haciendo el payaso aquí a estas horas. A dónde vamos a llegar... ¡Ay! Si Franco levantara la cabeza... ¡Qué tiempos estos! Ya no hay vergüenza ni decencia ni hay nada. Viene el tren de ella y luego el de él y yo aquí, esperando y sin un puto cigarro que llevarme a la boca...

UN ESPLÉNDIDO SUEÑO

A M.S.

El mar brota inmenso,
la mañana se muestra azul,
un viento suave nos besa la piel.

Yo sería una madre
y tú mi niño
vestido de manzana.

Avanzamos remando hacia la isla fugitiva,
de arenas blancas,
tesoros de caracolas nos aguardan.

La paciencia instintiva y pétrea
rema y rema
ante el lazo umbilical de tu mirada.

Una ola inesperada
te arranca de mi paisaje
yo, serena, me lanzo de cabeza al agua.

Aguas cristalinas
acompañan mi vuelo
a los secretos turquesas de su fondo.

Allí estás tú,
te aferras a mis brazos
y salimos impulsados por la fuerza
de nuestros corazones.

De nuevo en la barca,
me despierto
con el sabor de la sal en mis labios.

Venturosa noche
en que soñé
el orgullo de alumbrar
tu ser de nuevo.