lunes, 17 de mayo de 2010

Ana María Shua

Ana María Shua nació en Buenos Aires en 1951. Su primer libro, El sol y yo, fue publicado cuando tenía dieciseis años. Por ese libro de poemas recibió dos premios. Desde entonces ha publicado diecisiete libros. Ha trabajado en publicidad, periodismo y como guionista de peliculas. Estudió en la Universidad de Buenos Aires, donde recibió su Maestría en Artes y Literatura. En 1976, con el advenimiento de la dictadura militar, su su familia se vio dividida por el exilio: su hermana y dos primos se vieron forzados a dejar el país, y Ana María decidió radicarse por algún tiempo en Francia con su esposo. En París trabajó para una revista española publicada por Cambio16. De vuelta en la Argentina, su primera novela, Soy Paciente, recibió el Primer premio del concurso internacional de narrativa de Editorial Losada. Un año más tarde publica Los días de pesca (historias cortas) y en 1984 la novela Los Amores de Laurita. Sus dos primeras novelas fueron llevadas al cine, en lo que marcó el comienzo de su trabajo como guionista de cine. Las mismas novelas fueron además traducidas al italiano y al alemán La sueñera (1984) es un libro difícil de clasificar: "historias brevísimas", sea quizás la mejor definición. Este libro, que fue el menos vendido de sus libros, fue uno de los más elogiados por la crítica. En 1988 escribió una nueva colección de historias cortas (Viajando se conoce gente), y comenzó su carrera en la literatura infantil con los libros La batalla entre los elefantes y los cocodrilos y Expedición al Amazonas, a los que segurían otros como La fábrica del Terror (1990) y La puerta para salir del mundo (1992). Sus libros infantiles han sido reconocidos y premiados en Argentina, Estados Unidos, Venezuela y Alemania. En 1992 publicó un nuevo libro de historias brevísimas: Casa de Geishas. Entre 1993 y 1995 publicó varios libros relacionados a la cultura y a las tradiciones judías: Risas y emociones de la cocina judía, Cuentos judíos con fantasmas y demonios y El pueblo de los tontos. En 1993 recibió la beca Guggenheim para trabajar en su novela El libro de los recuerdos. Ana María Shua es casada y tiene tres hijas. 

http://www.literatura.org/Shua/CG_LaQueNoEsta.html

Matar a Platón por Chantal Maillard

"Un grito fragmentario"

Matar a Platón se compone de dos poemas. El primero y que le da título a la obra versa alrededor del instante en que un hombre es aplastado. Es "una construcción, la puesta en escena de la muerte de un hombre aplastado", confesaba Maillard a EL PAÍS poco después de la publicación del libro.

El segundo, titulado Escribir es, en parte, una reflexión sobre el ejercicio de la propia escritura, "un grito fragmentario escrito en un tiempo muy difícil", en palabras de la escritora. "Escribo / para que el agua envenenada / pueda beberse", confiesa Maillard en esta segunda parte del poemario.

http://www.elpais.com/articulo/narrativa/creo/literatura/elpepuculbab/20040508elpbabnar_14/Tes?print=1

http://www.elpais.com/articulo/portada/Palabras/respiran/elpepuculbab/20100410elpbabpor_5/Tes?print=1

DINERO SUCIO

El día que conocí a José Luis Peñalver no podía ni imaginar el marrón que, años después, amargaría durante algún tiempo su existencia gris. Era propietario de una tienda de sombreros cercana a la mía, en la calle Mayor, y solía cruzarme con él con cierta frecuencia al inicio o al final de la jornada. A veces coincidíamos también en el bar de la esquina a la hora del almuerzo, donde yo devoraba con deleite un bocadillo de pan tierno y crujiente con jamón a la catalana, mientras él se tomaba un café a pequeños sorbos comentando la mala marcha de los negocios por ésta o por aquélla causa: crisis varias, competencia de los grandes almacenes, los cambios en las modas…
-Esto ya no es lo que era –solía afirmar- , antes se podía vivir de un pequeño comercio, pero ya no tenemos nada que hacer, es una auténtica ruina.
-Hombre, no será para tanto –le contestaba yo-, todavía tenemos fieles clientes que prefieren la confianza que depositan en nosotros antes que la impersonalidad de las grandes superficies.
El caso es que el hombre siempre estaba amargado y los domingos se le veía pasear serio y cabizbajo del brazo de su oronda señora, que saludaba al pasar con una tímida sonrisa.
Se pasó años con el mismo traje gris los días laborales de invierno que cambiaba los domingos por otro del mismo color pero un poco más nuevo y en verano lucía una camisa blanca y un pantalón ligero azul marino.
Rosa Benítez, su señora, tampoco hacía grandes dispendios en vestuario y solía llevar los mismos modelos temporada tras temporada sometidos a concienzudos arreglos para adaptarlos a la moda del momento.
Vivían en una modesta casa situada en el entresuelo de la tienda, en un edificio de seis plantas. No sé cómo era su mobiliario, ni los manjares que adornaban su mesa, pero sí veía muchas veces volver de la compra a Rosa Benítez con una pequeña cesta y su apagada sonrisa de siempre, era como si tuviera la necesidad constante de pedir perdón por algo que ignorábamos.
Con la última crisis económica que nos puso a todos un poco más serios, José Luis Peñalver dejó de frecuentar el café y ya casi no se le podía ver fuera de su tienda, llegando incluso a suprimir los paseos dominicales.
Pero la sorpresa llegó un lunes por la mañana, los comentarios se extendieron rápidamente por todo el barrio. Al parecer había habido una avería en los desagües de la finca donde vivían los Peñalver y la tienda había amanecido cubierta de mierda. Montañas de mierda por todas partes. Todo el género echado a perder. Cajas de borsalinos, de fedoras, bombines, sombreros de copa, boinas, gorras, sombreros de paño, pamelas, jipijapas o sombreros Panamá, Canotiers…, todos cubiertos de mierda.
Pero lo más curioso era que José Luis Peñalver escondía, según se dijo, medio millón de euros en la trastienda, atesorados año tras año a base de continuas privaciones, que quedaron cubiertos de la desagradable sustancia marrón y decían que andaba enloquecido, profiriendo gritos y maldiciones mientras Rosa recogía el dinero y lo llevaba a la lavadora donde lo sometió a un programa de lavado económico del que salieron limpios y relucientes y dicen que luego puso los billetes a secar por toda la casa. Al poco tiempo de estos hechos traspasaron la tienda y no volvimos a saber nada más de ellos.

ALICIA VII

El Gato Chesire 
por Andrés Barba

La presentación del gato Chesire, probablemente el personaje que más miedo da y que mayores carcajadas arranca de toda la obra de Carroll (que las dos cosas coincidan en un solo personaje es el termómetro de su genialidad), no sólo es una de las mejores pruebas de que Alicia es un libro disparatado precisamente porque es aplastantemente lógico sino que es además uno de los mejores consejos que se le puede dar a alguien que comienza a vivir y se pregunta qué camino debe seguir:
-"¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
-Eso depende de a dónde quieras ir -respondió el Gato.
-Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde... -dijo Alicia.
-Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas -contestó el Gato.
-... siempre que llegue a alguna parte -añadió Alicia tratando de explicarse.
-Oh, te aseguro que llegarás a alguna parte -dijo el Gato- si caminas lo suficiente".
La socarronería nihilista del gato Chesire está sólo a un paso milimétrico de Groucho Marx, es lógico sólo porque los demás no lo son, ríe y se carcajea cuando los demás se enfurecen, se burla, pero sólo con saña cuando se trata de los personajes más malvados (la Duquesa, la Reina), es el gran bufón de Alicia en el País de las Maravillas y el gran bufón (los sabios lo saben) ha de ser tomado muy seriamente.
Tal vez uno de los episodios más memorables de Alicia sea el de la Reina intentando decapitar al Gato cuando se aparece en el cielo en forma de cabeza gigante.
¿Cómo decapitar a alguien que es sólo una cabeza? La imposibilidad de cortar la cabeza al gato Chesire es uno de los símbolos más logrados de Alicia, y más contemporáneo también. La risa es la manifestación suprema de la superioridad, pero no de un hombre sobre otro (como cree la Reina) sino del hombre sobre su propia naturaleza.

Andrés Barba

ALICIA VI

Penalidades del rey de corazones
por Fernando Aramburu

Yo, señor, nací en el interior de un libro inglés el año 1865, pero ese no es mi problema. Considero improbable que mi actual melancolía provenga del hecho de haber sido obligado a intervenir en una historia absurda, soñada por una niña burguesita y bastante repipi, la verdad sea dicha. Contra ella, créame, no abrigo aversión ninguna puesto que apenas llegué a conocerla. La vi tan sólo una vez. Ni siquiera juzgo preferible que mi destino se hubiera consumado dentro de posibilidades literarias afines a no sé qué mundo real que dicen que hay por ahí, en el cual, por cierto, nunca he estado, de donde me vienen con frecuencia dudas acerca de su existencia. Sepa usted que nací naipe y rey de la dinastía de los corazones. Tengo, por consiguiente, salud de papel. Quizá le interese saber que soy remiso a que me doblen, pero ese tampoco es mi problema. Algo menos llevadera es mi naturaleza indecisa, no del todo valiente, aunque conciliadora. La achaco en parte a mi esposa, naipe también de nacimiento. Es (y no porque lo diga yo) autoritaria y colérica, atributos de tradición varonil no infrecuentes en las mujeres, y por supuesto parlanchina, que es por donde barrunto que les viene la velocidad de su poder a muchas de ellas. Esto, sépalo usted, señor doctor, me abruma tanto como ser ridículo. Adondequiera que vaya he de ejercer contra mi voluntad de marido de la que manda cortar cabezas. Y hasta pienso que a muchos les extraña que yo aún conserve la mía. Me pintan bajo, aunque el sueño de la repipi no especifica mi estatura. Se me conoce como aquel que ciñó la corona real encima de una peluca. ¡Qué bochorno! Ahora mismo a quien en realidad admiro es al rey extranjero ese, el de bastos, con su estaca gruesa y verde, símbolo de la hombría. ¿Estaría usted dispuesto, aunque sólo fuera por compasión, a tratarme a escondidas de mi señora?

Fernando Aramburu

ALICIA V

La reina de corazones  
por Kirmen Uribe

Cómo me gustaba la escena del juego de croquet en Alicia en el País de las Maravillas. Me gustaba que se utilizaran flamencos en vez de mazas, y erizos en vez de bolas. Pero, sobre todo, me reía cuando la reina gritaba "¡que le corten la cabeza!" cuando aparecía por ahí la cabeza del gato de Cheshire, sin el cuerpo, y el verdugo no sabía a qué atenerse. Es así como funciona el poder muchas veces, de una manera mecánica y absurda.
A mí, la reina de corazones me recordaba a mi abuela. Y es que tenía muy mal genio, casi tanto como la reina. El croquet, por su parte, me hacía pensar en otro juego, en el fútbol. Mis abuelos siempre se enfadaban cuando jugaba el Athletic de Bilbao. Los dos eran muy aficionados. Sin embargo, cuando el partido era televisado, mi abuela se ponía muy nerviosa, por lo que apagaba el televisor y empezaba a hacer punto en su sofá. Mi abuelo hacía de tripas corazón y, como no podía ver el partido, se iba a la cocina y ponía la radio a muy poco volumen para escucharlo. Muy bajito, para no molestar a la abuela. Cuando había novedades, el abuelo iba a la sala donde estaba su mujer haciendo punto y se las contaba. Si el abuelo cruzaba el largo pasillo con el paso lento, la abuela sabía que el gol lo había metido el equipo contrario. "Ya puedes volver a la cocina", le gritaba desde la sala, "ya sé lo que ha pasado". Y el abuelo retornaba a la cocina. Pero si el paso del abuelo era cerrado, rápido, la abuela adivinaba que era el Athletic el que había anotado. Ella sonreía, incluso le dejaba al abuelo darle un beso en la mejilla, mientras seguía haciendo punto.
Y el abuelo volvía a la cocina muy contento. Más contento que con el gol.

Kirmen Uribe

ALICIA IV

El sombrerero  
por Ángeles Mastretta

La primera vez que lo escuché, porque al sombrerero loco uno lo escucha, más que verlo, sentí miedo. Entonces yo no sabía que el tiempo puede asesinarse y menos aún que hacerlo fuera correr el riesgo de perder la cabeza. Todo ese prodigioso elogio al sinsentido que es la fiesta del té con el sombrero, la liebre de marzo y el lirón, no lo imaginé entonces como un paraíso. A los nueve años las promesas estaban del lado de la razón. Ninguna majestad había querido condenarme a muerte por cantar. No conocía ese riesgo. En cambio, acercarse a la sinrazón parecía un retroceso y yo quería crecer. Apenas estaba empezando a oír que hay tal cosa como un orden que se llama razón y creía, como todos los niños que buscan un lugar en el prestigioso mundo de los adultos -como la propia Alicia-, que me importaba ser cuerda. Ahora lo que temo es ese orden. Temo las fechas, los cumpleaños y el tiempo acortándose tanto que la hora del té dura apenas minutos. Tomar el té mientras se cae de la nada a la nada sin que eso nos angustie es un privilegio del sombrero loco y de todo aquel que quiera meterse bajo la copa de su encanto. Eternizar el tiempo. Detenerlo entre las cinco y las seis de la tarde. Eso quiero. Esa serenidad de la insensatez con la que habla el sombrerero, al que Lewis Carroll nunca llamó loco, es ahora lo que más ambiciono. No temer que los otros desconfíen de mi locura, ni siquiera considerarla tal, es lo que ahora me rinde al escuchar al sombrerero. 

Ángeles Mastretta